by Lauren A. Altamira
Hace ya quince días que no me sentaba a escribir sobre mi vida. O tal vez debería decir que hace quince días no me sentaba a escribir. Y parece una diferencia pequeña, pero para mí no lo es.
Escribir sobre mi vida siempre ha sido un proceso demasiado personal. No puedo hacerlo mientras tengo la cabeza llena de pendientes, mientras estoy corriendo de un lado a otro o mientras siento que tengo que hacerlo solamente porque “ya toca”. Para mí, escribir necesita atención. Necesita silencio. Necesita que, por un momento, todo lo demás se calle para poder escuchar qué está pasando dentro de mí.
Y quizá por eso hoy tengo tantas cosas que contar.
Aunque, si lo pienso bien, tal vez todo lo que ha pasado estos últimos días se puede resumir en una sola frase: Hacer espacio para que vengan cosas nuevas.
Dios.
A veces creo que uno no dimensiona lo poderoso que es sacar cosas de su vida. Y no hablo solamente de tirar ropa que ya no usas, cambiar los muebles de lugar o limpiar un cajón que llevabas meses ignorando.
Hablo de personas, de situaciones, de versiones de ti, de conversaciones que ya no quieres seguir teniendo, de lugares en los que ya no te reconoces, de vínculos que alguna vez fueron importantes, pero que hoy solamente parecen estar ocupando un espacio que podría pertenecerle a algo más.
Porque hay cosas que no sabes cuánto pesan hasta que las sueltas.
Y entonces un día respiras. Y dices: “Ah.”
Así se siente tener espacio.
Durante mucho tiempo pensé que dejar ir significaba perder. Que alejar a alguien era necesariamente algo triste. Que cerrar una puerta significaba que había fracasado. Pero últimamente he empezado a pensar que quizá no. Quizá algunas personas se van porque ya hicieron todo lo que tenían que hacer en nuestra historia. Quizá algunas simplemente pasan por nuestra vida para enseñarnos algo y después tienen que seguir su camino. Y quizá algunas personas ni siquiera se van.
Quizá somos nosotros quienes, por fin, entendemos que no tenemos que seguir intentando que se queden.
Y cuando haces ese espacio, ocurre algo extraño. Empiezan a pasar cosas que no esperabas.
Puedes conectar con una persona de una manera sorprendente sin entender exactamente por qué. Puedes conocer a alguien y sentir que la conversación fluye como si no estuvieran hablando por primera vez. Puedes compartir un espacio con alguien y, en lugar de sentir ansiedad, sentir paz.
Puedes reírte. Puedes hablar durante horas. Puedes filosofar sobre la vida a las dos de la mañana y preguntarte cómo terminaste hablando de eso con alguien que hasta hace unas horas ni siquiera conocías. Y de repente te das cuenta de que estás bien.
No estás intentando impresionar. No estás pensando en qué decir después. No estás buscando señales de peligro. No estás haciendo una lista mental de razones por las que esto podría salir mal.
Simplemente estás ahí. Y qué raro es eso para mí. Porque tengo que admitir algo:
Me fue bien en una cita.
Sí. Yo. En una cita.
Y lo más extraño de todo es que no estoy escribiendo esto para decir que conocí al amor de mi vida, porque no tengo idea de qué va a pasar. No sé si esto va a convertirse en algo. No sé si habrá una segunda cita. No sé si dentro de unos meses esto será una historia que contaré con una sonrisa o simplemente una noche bonita que se quedó en septiembre.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no siento la necesidad de saberlo. Tal vez ese sea el verdadero cambio. Porque siempre he tenido una habilidad extraordinaria para encontrar un “pero”.
Me gusta alguien, pero…
Me siento cómoda, pero…
Me emociona, pero…
Hay química, pero…
Y entonces empiezo a buscar el motivo por el que debería detenerme antes de que algo pueda hacerme daño. Como si anticiparme al dolor pudiera evitarlo. Como si pudiera controlar el final de una historia simplemente negándome a comenzar el primer capítulo. Pero hoy no quiero hacer eso. Hoy quiero permitirme decir: Me gustó. Y ya. Sin justificarlo. Sin analizarlo hasta destruirlo. Sin preguntarme qué significa. Sin intentar convertir una noche en una predicción sobre mi futuro.
Me gustó.
Me reí.
Me sentí tranquila.
Me sentí yo.
Y eso, después de todo lo que he vivido, ya me parece suficiente para estar entusiasmada. Porque quizá crecer también significa dejar de necesitar certezas para poder disfrutar de las posibilidades.
Hay algo profundamente extraño en abrirle la puerta a alguien después de haber pasado tanto tiempo aprendiendo a cerrarlas. Pero quizá de eso se trata. De saber cerrar las puertas que necesitas cerrar sin convertirte en una casa donde nadie puede entrar.
Porque sí, aprendí a protegerme. Aprendí a reconocer lo que no quiero. Aprendí a poner límites. Aprendí que no todo el mundo merece acceso a mí. Pero también estoy aprendiendo que protegerme no puede significar dejar de sentir.
Porque, ¿qué clase de vida sería esa? Una en la que nunca te rompen el corazón, sí. Pero tampoco te sorprenden. Una en la que nadie puede decepcionarte porque nadie puede conocerte realmente. Una en la que nunca pierdes a nadie porque nunca te permitiste tener algo que perder. Y entonces me pregunto:
Si hubiéramos vivido toda nuestra vida con miedo, ¿habríamos llegado hasta donde estamos?
Probablemente no.
Porque cada cosa que hoy tenemos alguna vez fue algo desconocido. El primer amor. La primera amistad que se volvió familia. El primer trabajo. La primera vez que vivimos solos. La primera vez que decidimos irnos. La primera vez que dijimos “esto ya no es para mí”.
Todo lo que hoy conocemos comenzó siendo algo que no sabíamos cómo iba a terminar.
Entonces quizá ahora me toca volver a hacer lo mismo.
Soltar un poco el miedo. Soltar la necesidad de controlar. Soltar la costumbre de buscar un problema antes de que exista. Y, sobre todo, dejarme sentir.
No sé qué va a pasar. Y honestamente, no quiero pensarlo demasiado. No quiero convertir una posibilidad en una expectativa. No quiero ponerle nombre a algo que apenas está comenzando. No quiero preguntarme si esto va a durar. Solo quiero dejar que pase. Quiero descubrir qué sucede cuando no intento detener algo bonito solamente porque podría terminar mal. Porque quizá sí termine. Quizá no. Quizá sea algo pequeño. Quizá sea algo enorme. Quizá solo sea una persona que llegó para recordarme que todavía puedo sentir paz junto a alguien. Y quizá eso también sea suficiente.
Supongo que después de tanto tiempo haciendo espacio, lo mínimo que puedo hacer es no asustarme cuando algo nuevo finalmente intenta entrar.
Así que aquí estoy. Con un poco de miedo. Con algunos nervios. Con muchas preguntas. Pero también con algo que hacía mucho no sentía: curiosidad.
Y tal vez eso sea lo bonito de no saber. Que por primera vez, en lugar de querer conocer el final… quiero vivir la historia.













