by Lauren A. Altamira
La semana pasada tuve miedo. Y no del tipo de miedo que da cuando mandas un mensaje y ves que la otra persona está escribiendo durante demasiado tiempo. Tampoco del miedo que da cuando revisas tu cuenta bancaria después de una compra impulsiva.
No. Tuve ese miedo raro que aparece cuando de repente recuerdas que la vida es frágil. Terriblemente frágil.
De esas veces que algo sucede cerca de ti y por un momento entiendes que las personas que amas no son eternas. Que tu familia no es eterna. Que tus amigos no son eternos. Que tus mascotas no son eternas.
Y mucho menos tú. Y no sé ustedes, pero yo normalmente vivo como si tuviera tiempo infinito. Como si hubiera otra semana para llamar. Otro mes para visitar. Otro año para decirle a alguien que lo quiero.
Como si la vida fuera una serie de Netflix con quince temporadas confirmadas. Pero resulta que no. Y qué grosero me pareció descubrirlo otra vez. Porque es algo que sabemos.
Todos sabemos que la vida es corta. Pero saberlo y sentirlo son dos cosas completamente distintas.
Sentirlo es cuando alguien que quieres te abraza y piensas: “Por favor, que te queden muchos años.”
Sentirlo es cuando ves dormir a tu perro. Cuando tu mamá te manda un mensaje. Cuando tus amigos llegan bien a casa. Cuando alguien te importa. Y entonces entiendes que la vida no solo es corta.
También es absurdamente valiosa.
Y curiosamente, mientras más consciente me volví de eso, más me di cuenta de todas las maneras en las que nosotros mismos la complicamos. Porque la vida ya viene con suficientes dificultades de fábrica.
No entiendo por qué además decidimos agregarle relaciones imposibles, personas que nos hacen daño, situaciones que sabemos que no funcionan y decisiones que llevamos meses evitando tomar.
Es como si nos regalaran una planta delicadísima y nosotros decidiéramos aventarla por las escaleras para ver qué pasa. Y creo que por eso este fin de semana me encontré haciendo algo que normalmente no hago: simplemente vivir.
Sin estar pensando tanto en el siguiente problema. Sin intentar controlar absolutamente todo. Solo vivir.
Y descubrí cosas curiosas. Por ejemplo, hay alguien que me gusta.
Lo sé. Lo acepto. Ya lo procesé. Pero por primera vez en mi vida no estoy intentando correr hacia el final del libro. Ni siquiera estoy pensando si le gusto. Estoy haciendo algo revolucionario para mi historial emocional: conocerlo.
Nada más. Y honestamente me siento orgullosa.
Porque antes me enamoraba de las posibilidades. Ahora quiero enamorarme de las personas.
Y resulta que son cosas completamente distintas. Porque una posibilidad puede ser perfecta.
Una persona no. Una persona tiene contradicciones. Malos días. Defectos. Opiniones raras. Series favoritas cuestionables. Y justamente por eso conocerla es mucho más interesante.
Así que estoy ahí. Sin correr. Sin presionar. Sin intentar decidir hoy algo que la vida todavía no me ha enseñado.
Y qué raro se siente estar tranquila.
Luego están mis mascotas. Y no quiero sonar dramática, pero estoy convencida de que ellas tienen un acuerdo secreto para enseñarme cosas importantes sin decir una sola palabra.
Porque últimamente las observo más. Las abrazo más. Les tomo demasiadas fotos. Y de repente me encuentro pensando que ojalá pudiera explicarles cuánto significan para mí. Porque los años pasan tan rápido. Y ellos nos acompañan en silencio durante partes enteras de nuestra vida.
Mientras crecemos. Mientras lloramos. Mientras nos enamoramos. Mientras nos rompemos. Ellos simplemente están. Y creo que eso es una forma de amor bastante impresionante.
También está mi familia. Y mis amigos. Y la gente que quiero. Y los regalos. Porque últimamente me ha dado por regalar cosas. Y no porque sea rica. Claramente no.
Tengo empresa. Eso significa que cada cierto tiempo mi cuenta bancaria me recuerda que los sueños cuestan dinero. Pero me gusta regalar. Porque cuando la vida te recuerda que es corta, de repente entiendes que los detalles tienen muchísimo valor.
Un mensaje. Un café. Una flor. Un libro. Un “pensé en ti”. Y honestamente creo que esas son las cosas que terminan importando.
No los grandes discursos. Los pequeños actos. Los pequeños “te quiero”. Los pequeños “me acordé de ti”.
Y luego está la comida. Mi relación más complicada después del amor romántico. Porque sí, quiero enfocarme. Quiero crecer. Quiero cumplir objetivos. Quiero seguir avanzando.
Pero también entendí algo: la vida no se vive únicamente persiguiendo metas. También se vive probando postres. Y cenando con personas que quieres. Y pidiendo algo que se te antoja. Y disfrutando sin culpa de vez en cuando.
Porque si la única versión de felicidad que existe es la que ocurre cuando llegas a una meta, entonces te estás perdiendo todo el camino.
Y el camino también cuenta. Muchísimo.
Esta semana también vi El verano en que Hikaru murió. Y aunque prometo que no voy a hacer spoilers, sí voy a decir algo: me dejó pensando en lo extrañas que son las personas. En cómo podemos estar físicamente presentes y emocionalmente ausentes.
En cómo a veces creemos conocer completamente algo o a alguien, hasta que descubrimos que había mucho más debajo de la superficie.
Y creo que eso también aplica para nosotros mismos. Porque últimamente siento que estoy conociendo una versión nueva de mí. Una versión que ya no quiere correr. Que ya no quiere sobrevivir.
Que ya no quiere vivir esperando el siguiente capítulo. Una versión que simplemente quiere estar aquí.
Ahora. Con su familia. Con sus mascotas. Con su trabajo. Con la gente que quiere. Con las posibilidades abiertas. Con los miedos incluidos.
Porque quizá el punto nunca fue dejar de tener miedo. Quizá el punto era dejar de permitir que el miedo decidiera por nosotros.
Y mientras caminaba pensando en todo esto, me hice una pregunta muy estilo Carrie Bradshaw:
Si todos sabemos que la vida es corta, ¿por qué seguimos actuando como si tuviéramos tiempo infinito para empezar a vivirla?
Y tal vez la respuesta sea que necesitamos recordarlo de vez en cuando.
Porque la vida es complicada. Sí.
Pero muchas veces no porque sea cruel. Sino porque nosotros insistimos en cargar cosas que ya deberíamos haber soltado.
Y quizá crecer consiste justamente en eso. En aprender qué conservar. Y qué dejar ir. Antes de que el verano termine otra vez.














