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    ¿Quién es Atlas, el escritor de vidas?

    Nathalia Alt by Nathalia Alt
    28 octubre, 2026
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    by Lauren A. Altamira

    Siempre me han gustado las historias.

    Y no me refiero únicamente a esas que terminan con un beso bajo la lluvia, a las que esconden dragones en bosques encantados o a aquellas en las que un pobre desgraciado descubre que, en realidad, es el heredero de un reino que jamás había escuchado nombrar.

    No. Me refiero a todas las historias.

    A las que te hacen reír hasta que te duele el estómago, a las que te dejan mirando el techo durante horas y a esas otras que, aunque hayan terminado hace años, todavía consiguen apretarte el corazón cuando alguien menciona su nombre.

    Siempre he pensado que una buena historia no necesita magia para ser extraordinaria. Basta con que alguien, en alguna parte del mundo, encuentre un pedacito de sí mismo entre sus páginas.

    Aunque, claro, eso era lo que pensaba antes de descubrir que la magia existe.

    Mi nombre es Atlas y, sí, soy un escritor de vidas.

    No, no escribo novelas. Tampoco me dedico a redactar cartas de amor para enamorados cobardes, aunque debo admitir que he considerado seriamente hacerlo. Escribir una carta para que alguien se atreva a confesar sus sentimientos me parece un negocio bastante rentable, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de idiotas enamorados que existen en este mundo.

    Pero esa es otra historia.

    Yo escribo vidas.

    ¿Alguna vez has sentido que alguien está escribiendo tu historia sin haberte consultado? ¿Que llevas semanas intentando hacer las cosas bien y, de pronto, el universo decide arrojarte una desgracia desde el tejado? ¿O que, por el contrario, todo comienza a salirte tan maravillosamente bien que miras al cielo con desconfianza, esperando que aparezca la letra pequeña del contrato?

    Pues bien, querido lector, durante mucho tiempo yo fui el responsable de esas sospechosas coincidencias.

    Y antes de que empieces a buscarme en algún directorio de escritores o a preguntarte cuánto cobro por arreglar tu vida sentimental, déjame explicarte algo: mi trabajo es mucho más complicado de lo que parece.

    Para empezar, no tengo una oficina.

    Tengo una biblioteca.

    Está situada en un lugar que no aparece en ningún mapa, en una calle que solo existe cuando alguien se hace una pregunta para la que no encuentra respuesta. La fachada es estrecha, de ladrillos oscuros, y sobre la puerta cuelga un letrero dorado que cambia de nombre cada vez que alguien lo lee.

    La primera vez que llegué, decía: Aquí se escriben los finales.

    La segunda: Aquí comienzan las desgracias.

    La tercera, que debo reconocer fue mi favorita, decía: Si busca al responsable de su mala suerte, pase y tome asiento.

    La biblioteca tiene siete pisos, aunque desde fuera apenas parece una casa de dos habitaciones. Sus escaleras se mueven cuando están aburridas, los retratos de sus antiguos habitantes discuten entre ellos y los libros más temperamentales suelen esconderse cuando saben que los necesito.

    Yo soy bastante alto, de hombros anchos y complexión fornida, con el cabello oscuro y rizado que parece tener voluntad propia. Mi madre decía que tenía una sonrisa capaz de meterme en problemas y una lengua demasiado rápida para sacarme de ellos. Por desgracia, ambas afirmaciones siguen siendo ciertas.

    Soy un hombre risueño, me gusta hablar con desconocidos y tengo la terrible costumbre de hacer amigos en lugares donde debería mantener el silencio.

    Lo cual resulta bastante inconveniente cuando uno trabaja rodeado de libros que contienen la vida entera de las personas.

    Porque sí, cada libro de mi biblioteca pertenece a alguien.

    Algunos son gruesos, llenos de capítulos, ilustraciones y anotaciones en los márgenes. Otros apenas tienen unas cuantas páginas. Hay libros que parecen escritos con tinta de oro y otros cuyas letras se borran cada vez que su dueño pierde la esperanza.

    Ninguno tiene el mismo final.

    Y ahí es donde entro yo.

    Cada mañana recorro los pasillos, reviso los estantes y leo fragmentos de las historias que me han sido asignadas. A veces encuentro una muchacha que está a punto de conocer al amor de su vida. Otras, un hombre que lleva tantos años persiguiendo un sueño que ha olvidado por qué comenzó a perseguirlo. También están aquellos que parecen haber nacido para vivir una tragedia, aunque, si me preguntas, algunos tienen un talento impresionante para complicarse la existencia por cuenta propia.

    Mi trabajo consiste en mantener las historias en movimiento.

    Puedo añadir una coincidencia, retrasar una despedida, colocar una oportunidad en el camino de alguien o permitir que dos personas se encuentren en una estación de tren justo cuando ambas han decidido dejar de buscarse.

    No siempre funciona como espero.

    Una vez hice que un hombre encontrara una fortuna en una vieja maleta y terminó regalándola a una desconocida que le contó una historia triste. En otra ocasión organicé un encuentro romántico bajo la lluvia y los protagonistas acabaron discutiendo porque uno de ellos había olvidado el paraguas.

    Todavía considero que aquello fue una injusticia literaria.

    Pero escribir vidas tiene sus dificultades.

    Hay personajes que se niegan a seguir el guion. Personas que toman caminos que jamás habría imaginado, que destruyen capítulos enteros con una sola decisión y que, por alguna razón inexplicable, encuentran belleza justo en el momento en que yo había preparado una desgracia.

    Durante siglos creí que eso era un error de mi oficio.

    Hasta que conocí a una mujer que cambió mi manera de entenderlo todo.

    Su libro era uno de los más antiguos de la biblioteca. Tenía una cubierta gris, las esquinas desgastadas y una pequeña mancha de café en la primera página. Su historia no parecía especialmente interesante: una infancia ordinaria, un puñado de sueños, algunas pérdidas y una larga lista de cosas que deseaba hacer antes de morir.

    Lo curioso era que, a pesar de tener tantas páginas por delante, la mujer había dejado de leerlo.

    Cada noche cerraba el libro, lo guardaba en un cajón y se iba a dormir convencida de que su mejor capítulo ya había quedado atrás.

    Yo intenté ayudarla.

    Añadí una oportunidad laboral, pero la rechazó por miedo a fracasar. Le envié a una persona maravillosa, pero ella estaba tan ocupada lamentándose por alguien que se había marchado que ni siquiera levantó la mirada. Hice aparecer un viaje inesperado y lo canceló porque no quería ir sola.

    Aquello comenzó a irritarme.

    ¿Para qué servía ser escritor de vidas si mis personajes insistían en ignorar las páginas que les preparaba?

    Así que una noche decidí visitar a aquella mujer.

    No podía presentarme en su casa, por supuesto. Las reglas de la biblioteca lo prohibían. Pero tenía otros recursos.

    Esperé hasta que se quedó dormida y me deslicé por el borde de su sueño.

    La encontré sentada frente a una mesa, en una habitación completamente blanca. Sobre la mesa descansaba su libro, abierto en la última página escrita.

    —¿Quién eres? —me preguntó al verme.

    —Atlas. Escritor de vidas, especialista en coincidencias y, en ocasiones, reparador de desastres sentimentales.

    Me miró como si acabara de presentarme como vendedor de ollas.

    —¿Tú escribiste mi historia?

    Me acomodé el cabello, que se había rebelado incluso dentro de su sueño.

    —En parte.

    —Entonces dime por qué nada me sale como quiero.

    Estuve a punto de responderle con alguna frase ingeniosa. Tenía varias preparadas; la experiencia me había enseñado que las personas suelen aceptar mejor las verdades cuando vienen acompañadas de una sonrisa.

    Pero ella no parecía necesitar un chiste.

    Parecía necesitar una respuesta.

    Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna.

    Le expliqué que había intentado ayudarla. Le hablé de las oportunidades que había rechazado, de las personas que no había querido conocer y de los caminos que había evitado por miedo a equivocarse.

    Ella escuchó en silencio.

    Después bajó la mirada hacia su libro.

    —¿Y si no me gusta lo que escribes? —preguntó.

    Sentí que algo se movía dentro de mi pecho.

    —Puedes cambiarlo.

    —¿Cómo?

    La respuesta era tan sencilla que me avergonzó no haberla pronunciado antes.

    —Vuelve a abrirlo.

    La mujer observó el libro durante un largo rato. Finalmente, pasó la página. Y entonces ocurrió algo que jamás había visto en todos mis siglos de oficio. Una línea apareció sobre el papel. No la había escrito yo. Era una frase pequeña, imperfecta, trazada con una tinta que parecía brillar bajo la luz de la habitación.

    La mujer sonrió. Después escribió otra. Y otra.

    Las páginas comenzaron a llenarse, no de acontecimientos extraordinarios ni de promesas imposibles, sino de cosas pequeñas: una llamada que llevaba semanas posponiendo, una clase a la que siempre había querido asistir, una conversación pendiente, una mañana en la que decidió salir a caminar sin saber adónde iría.

    La observé fascinado.

    —¿Qué estás haciendo? —pregunté.

    Ella levantó los ojos.

    —Mi historia.

    Y fue entonces cuando descubrí el secreto que llevo siglos intentando explicarte.


    Antes de revelártelo, necesito que me acompañes a mi biblioteca una última vez.

    Hay algo que nunca te he contado sobre sus libros.

    Si observas con atención, descubrirás que ninguno tiene un título en la portada. Algunos lectores creen que se trata de una decisión estética; otros aseguran que los títulos se encuentran escritos en un idioma demasiado antiguo para ser descifrado.

    Ambos están equivocados.

    Los libros no tienen título porque todavía no saben en qué se convertirán.

    Y hay algo más.

    En el último piso de la biblioteca existe una habitación diminuta, oculta detrás de una estantería que solo se mueve cuando estoy de buen humor. Allí guardo mi posesión más valiosa: una colección de plumas.

    Las hay de todos los tamaños, colores y materiales. Algunas están hechas con plumas de aves que dejaron de existir antes de que se inventaran los relojes. Otras fueron talladas en madera de árboles que crecen al revés. Tengo una que escribe con luz de luna y otra que solo funciona cuando alguien dice una mentira.

    Pero ninguna de ellas es tan importante como la más sencilla de todas.

    Es una pluma común, de esas que puedes encontrar en cualquier escritorio, con el cuerpo transparente y una tapa azul. Tiene una pequeña grieta cerca de la punta y, si la agitas demasiado, deja de escribir.

    La encontré hace mucho tiempo, en un pueblo cuyo nombre he olvidado.

    Pertenecía a un niño que escribía historias en los márgenes de sus cuadernos. No tenía poderes, no conocía hechizos y jamás había visto un dragón. Sin embargo, cada tarde se sentaba junto a una ventana y llenaba páginas enteras con mundos que solo existían en su imaginación.

    Un día, alguien le preguntó por qué escribía tanto.

    El niño respondió que lo hacía porque no le gustaba cómo terminaban algunas cosas. Quería inventar otros finales, otros caminos, otras maneras de volver a empezar. Cuando el niño creció, dejó de escribir.

    La vida le pareció demasiado complicada para desperdiciar el tiempo imaginando cosas que no existían. Guardó sus cuadernos, abandonó sus historias y se convenció de que había asuntos más importantes que perseguir sueños.

    La pluma quedó olvidada sobre su escritorio. Y yo, que entonces apenas comenzaba mi oficio, la encontré muchos años después. Desde aquel día la conservo conmigo. No porque tenga un hechizo oculto. No porque pueda convertir las mentiras en verdades o hacer aparecer castillos en mitad de un campo. La guardo porque fue la primera pluma que me enseñó algo que ni siquiera yo, el gran Atlas, había conseguido comprender.

    Yo puedo escribir las posibilidades de una vida, pero nunca he podido vivirla por alguien más.

    Ese es mi secreto.

    La magia de mis libros no está en sus páginas, ni en la tinta que utilizo, ni en las coincidencias que organizo cuidadosamente desde mi biblioteca. Está en ese instante casi imperceptible en el que una persona decide hacer algo distinto.

    En el momento en que alguien vuelve a intentarlo, se atreve a decir lo que siente, toma un camino desconocido o deja de esperar a que las circunstancias sean perfectas para comenzar.

    Ahí es donde mi tinta se vuelve mágica.

    Porque yo puedo escribir una puerta, pero alguien tiene que atreverse a cruzarla. Puedo escribir un encuentro, pero nadie está obligado a enamorarse. Puedo escribir una oportunidad, pero no puedo obligarte a reconocerla. Y puedo llenar mil páginas de promesas, pero ninguna tendrá valor si tú decides no escribir ni una sola línea.

    A veces me preguntan si tengo el poder de cambiar los destinos.

    Sonrío, como siempre hago cuando alguien me formula una pregunta cuya respuesta no le gustará demasiado.

    —Por supuesto —respondo—. Pero no de la manera que imaginas.

    Entonces saco mi vieja pluma azul, la dejo sobre la mesa y espero a que mi visitante comprenda.

    Algunos se marchan decepcionados. Esperaban una poción, una fórmula secreta o un conjuro que les permitiera conseguir todo lo que desean sin arriesgarse a perder nada.

    Otros se quedan mirando la pluma durante un rato. La toman entre sus dedos, buscan una hoja de papel y escriben algo pequeño. Un nombre. Una despedida. Un deseo. O quizá las primeras palabras de una historia que llevan demasiado tiempo posponiendo. Y cuando levantan la mirada, ya no estoy allí.

    Tengo demasiados libros que revisar, demasiadas coincidencias que organizar y una biblioteca entera que atender. Pero antes de irme, siempre dejo una nota sobre la mesa.

    Dice lo mismo en todos los idiomas, aunque cada persona la lee de una manera diferente:

    Querido lector: no te preocupes tanto por descubrir quién está escribiendo tu historia.

    Preocúpate por no olvidar que también tienes una pluma entre las manos.

    Atentamente,

    Atlas. Escritor de vidas, coleccionista de coincidencias y eterno admirador de los finales que nadie se atrevió a imaginar.

    ¿Y tú qué estás dispuesto a arriesgar para disfrutar de tu vida al máximo?

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    Nathalia Alt

    Nathalia Alt

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