by Lauren A. Altamira
Hay algo muy raro —y honestamente muy bonito— en que te guste alguien y no sentir la necesidad de correr a convertirlo en algo más.
Creo que antes confundía muchísimo el interés con urgencia. Como si cada persona que me moviera el corazón tuviera que convertirse inmediatamente en una historia. Como si sentir algo automáticamente significara que debía decirlo, perseguirlo o intentar construir algo alrededor de eso.
Y últimamente ya no me pasa así.
Últimamente me gusta muchísimo la idea de simplemente conocer a alguien.
Sin presión. Sin expectativas gigantes. Sin la necesidad de romantizar cada interacción. Porque a veces alguien solo te parece increíble y ya.
Te gusta cómo habla. Cómo piensa. Cómo trata a los demás. Te gusta compartir tiempo con esa persona y descubrir pequeños detalles que te hacen pensar “qué buena vibra tienes”. Y honestamente creo que eso ya es suficientemente bonito por sí solo.
Pero también pasa algo curioso cuando creces un poco emocionalmente: empiezas a entender que no todas las personas llegan a tu vida listas para algo nuevo.
Y no lo digo de forma triste ni dramática. A veces simplemente notas cosas. Escuchas comentarios. Percibes que todavía existe cierta conexión con su pasado, cierta nostalgia, ciertas historias que quizá no terminan de cerrarse del todo.
Y lejos de querer competir con eso… simplemente decides respetarlo. Porque qué cansado debe ser sentir que cada persona que se acerca a ti quiere algo inmediatamente.
A veces alguien solo quiere conocerte. Y creo que también hay algo muy maduro en saber mantener algo bonito sin arruinarlo por querer apresurarlo. Sobre todo cuando es una amistad reciente, cuando todavía se están descubriendo como personas y cuando honestamente tampoco sabes si la otra persona te ve de esa manera.
Porque sí, claro que existe esa pequeña inseguridad de pensar:
“¿Y si no le gusto?”
“¿Y si me estoy imaginando cosas?”
“¿Y si ya escuchó algo de mí y me juzgó antes de conocerme realmente?”
Y eso pasa muchísimo más de lo que la gente admite. Todos tenemos versiones falsas circulando en boca de otras personas. Historias incompletas. Opiniones ajenas. Y qué raro es conectar con alguien mientras piensas que probablemente conoce una versión de ti que ni siquiera eres realmente.
Entonces decides ir despacio. No por miedo. Por tranquilidad. Porque por primera vez en mucho tiempo entiendes que alguien puede gustarte muchísimo sin que eso tenga que alterar toda tu vida emocional.
Y honestamente… se siente sano. Se siente bonito poder mirar a alguien y pensar: “Me encantaría conocerte más”, sin sentir que necesitas controlar el resultado.
Porque últimamente creo más en eso. En dejar que las personas sean. En permitir que las conexiones crezcan naturalmente o no crezcan en absoluto sin convertirlo en tragedia.
Y si algún día pasa algo, qué bonito. Y si no pasa, también. Porque hay personas que llegan a tu vida no necesariamente para convertirse en el amor, sino para recordarte que todavía puedes emocionarte por conocer a alguien desde un lugar tranquilo y sincero, y que estás dispuesta a aceptar el resultado que surja.
Y justo así me siento ahora.














