By Lauren A. Altamira
Últimamente he escuchado muchísimo Hate That I Made You Love Me de Ariana Grande. Y hay una parte de mí que piensa: “Ay, qué exagerada.” Y otra responde: “Hermana… literalmente eres tú.”
Lo peor es que no lo digo con orgullo. Lo digo con una mezcla muy rara entre culpa y risa, porque si algo he aprendido de mí en estos años es que tengo un talento completamente inútil: hacer que la gente quiera quedarse… justo cuando yo ya no quiero estar.
Es una pésima técnica maldita. No la recomiendo.
Lo curioso es que nunca ha sido intencional. Jamás me he levantado pensando: “¿A quién voy a ilusionar hoy?” El universo me libre. De hecho, si algo me da muchísima ansiedad es sentir que alguien ya puso demasiadas expectativas sobre mí. Porque entonces empiezo a pensar: “¿Y si no soy lo que esperaba?” “¿Y si termina enamorándose de una versión de mí que ni siquiera existe?” Y, sobre todo: “¿Y si simplemente no quiero lo mismo?”
Creo que muchas personas piensan que el problema es que soy demasiado exigente. Y puede ser, no voy a fingir que no, pero también creo que estoy en un momento muy extraño de mi vida. Uno donde me gusta muchísimo estar sola, y no desde la tristeza, desde la paz.
Me gusta levantarme pensando en mi empresa, en mis proyectos, en mi familia, en mis perros, en el gimnasio, en esa satisfacción ridículamente adulta de tachar pendientes. Qué miedo convertirse en esa persona que se emociona porque organizó su agenda, pero aquí estamos.
Y entonces aparece alguien. Guapo. Interesante. Inteligente. Nos llevamos increíble. Hay química. Hay conversaciones. Y de pronto mi cerebro hace algo muy raro. Empieza a buscar detalles. Como si Gojo hubiera activado los Seis Ojos solo para encontrar el defecto microscópico que justifique salir corriendo.
“Mmm… porque piensas que no eres suficiente” “No sé… no me encantó cómo habló del mesero.” “Es obvio que esta diciendo lo que yo quiero escuchar, ¿y tu personalidad?”
Y ahí voy.
Autosaboteándome con la precisión de una Expansión de Dominio. No porque quiera. Sino porque mi cabeza parece tener un comité interno especializado en detectar incompatibilidades.
Y entonces me pregunto algo que honestamente todavía no sé responder. ¿De verdad nadie termina de convencerme? ¿O llevo tanto tiempo sola que ya no sé cómo hacer espacio para alguien más?
Porque existe otra posibilidad. Y esa me incomoda muchísimo más. ¿Y si lo que realmente me atrae son las personas emocionalmente indisponibles? Qué joyita de pregunta. Porque esas sí me mantienen entretenida.
Las que no saben si quieren. Las que tienen un pie adentro y otro afuera. Las que llegan, desaparecen y vuelven como dragones de House of the Dragon creyendo que pueden reclamar un territorio solo porque alguna vez lo sobrevolaron.
Qué agotador, y qué familiar.
Mientras tanto, las personas emocionalmente disponibles llegan con flores… y yo estoy buscando la salida de emergencia. No tiene ningún sentido. ¿O sí? Tal vez solo es un mecanismo de defensa con excelente marketing.
Hace poco, además, me gané otro enemigo. Bueno… “enemigo” suena demasiado dramático. Digamos que alguien decidió que yo era la villana oficial de su historia, y pensé algo que me dio muchísima risa. ¿Qué karma tan específico tuvo que pagar esta persona para encontrarse conmigo justo en esta etapa de mi vida?
Porque cuando a mí me tocó pagar el mío… uf, el universo no escatimó, me mandó un profesor, y digo profesor porque si algo hacen los karmas es enseñarte. A veces con paciencia y a veces aventándote emocionalmente por un barranco.
Así que entiendo el enojo, entiendo la frustración, porque yo también estuve ahí. Yo también fui la persona que se preguntaba por qué alguien no podía quererme como yo quería, y sé perfectamente lo que duele. Quizá por eso me pesa tanto cuando siento que alguien se ilusionó conmigo más de lo que yo pude hacerlo con él. No porque crea que sea responsable de todo, sino porque sé cómo se siente estar del otro lado.
Lo que también es cierto es que antes me culpaba demasiado, hoy ya no, porque también entendí algo. No puedes construir una relación únicamente porque alguien te quiere muchísimo, eso sería profundamente injusto.
El cariño no debería sentirse como una deuda.
Y creo que ese ha sido uno de los aprendizajes más incómodos de crecer. Entender que a veces eres el corazón roto de alguien, aunque jamás haya sido tu intención. Y sí. Hay personas que probablemente hoy piensan que fui una mala experiencia, la mujer que apareció, les movió el mundo y después dijo: “Creo que no.”
Y ojalá algún día puedan entender que nunca fue porque les faltara algo, era porque yo todavía estaba encontrándome.
Porque cuando yo amo… no sé hacerlo poquito, no sé querer a medias, no sé responder un mensaje solo por compromiso, no sé desaparecer tres días para parecer interesante.
Yo soy de las que te mandan comida cuando estás enfermo, de las que manejan horas por verte diez minutos, de las que aprenden cuál es tu café favorito sin anotarlo, de las que recuerdan conversaciones de hace seis meses, de las que convierten a una persona en hogar. Y justamente por eso… ya no puedo hacer eso con cualquiera.
No porque me crea inalcanzable, sino porque aprendí cuánto cuesta reconstruirte después de entregarte completo a la persona equivocada.
Hay una frase en House of the Dragon que gira constantemente alrededor del poder, los herederos y los dragones.
Todos quieren montar un dragón… hasta que descubren que un dragón no obedece por obligación, solo cuando decide hacerlo. Con el amor pasa algo parecido, no puedes forzarlo, no puedes negociarlo, no puedes convencerte de sentir algo solo porque sería lo correcto. Y tampoco puedes culpar a alguien por no sentirlo.
Supongo que mi mayor contradicción es esa, paso media vida escribiendo sobre el amor… y la otra media aprendiendo a no aceptarlo solo porque llegó.
Porque sí quiero enamorarme. Muchísimo. Solo que ya no quiero enamorarme por miedo a estar sola, ya no quiero una historia que funcione porque ambos insistimos lo suficiente. Quiero una donde los dos nos elijamos con la misma tranquilidad con la que eliges volver a casa.
Y mientras eso pasa… la verdad es que mi vida no está nada mal, tengo trabajo que me emociona, una familia que adoro, animales que me recuerdan todos los días cómo se ama sin condiciones, sueños que todavía me quedan enormes y una paz que me costó demasiado conseguir como para entregársela al primero que llegue con una sonrisa bonita.
Así que, si algún día dejo de huir… espero que sea porque encontré a alguien que no me hizo sentir perseguida, sino comprendida, porque después de tantos dragones, técnicas malditas y guerras que parecían inevitables… creo que el verdadero acto de valentía no es enamorarse.
Es encontrar a alguien con quien, por fin, ya no haga falta escapar.













