By Lauren A. Altamira
Me encanta el concepto del “dragón” como metáfora. Creo que funciona mucho mejor si nunca explicas quién es. Que el dragón sea ese tipo de persona que siempre termina consumida por su propio ego. La haría muy Carrie: irónica, reflexiva y con un poquito de humor.
Los dragones también saben escupir humo cuando quieren esconderse
Hay una teoría que dice que los dragones acumulan tesoros porque creen que todo lo que tocan les pertenece.
No sé si sea verdad.
Pero sí conozco personas que funcionan exactamente igual.
Y es curioso porque llevo un tiempo intentando convencerme de que algunos dragones pueden cambiar. Que quizá, si uno les tiene paciencia, dejan de incendiar todo lo que aman. Que tal vez debajo de tantas escamas existe alguien dispuesto a cuidar algo más que su propio orgullo.
Spoiler: hasta ahora no me ha pasado.
Porque los dragones tienen una habilidad impresionante para hacerte creer que el problema eres tú mientras ellos siguen caminando sobre las cenizas que dejaron.
Son egoístas de una forma elegante. No siempre gritan. No siempre insultan. A veces simplemente aparecen cuando les conviene y desaparecen cuando ya obtuvieron lo que necesitaban.
Y cuando vuelven, actúan como si nada hubiera pasado.
Como si nunca hubieran hablado mal de ti.
Como si nunca hubieran cuestionado tu valor.
Como si nunca hubieran intentado hacerte sentir que estabas exagerando.
Lo curioso es que, aun sabiendo todo eso, yo seguía dándoles oportunidades.
No para volver.
Eso jamás.
Sino para algo muchísimo más sencillo: una amistad.
Porque de verdad pensé que algunas personas podían dejar de competir con el mundo el tiempo suficiente para construir algo tranquilo.
Qué optimista fui.
Al final descubrí que algunos dragones no saben ser amigos porque ven las relaciones como jerarquías. Siempre tiene que haber alguien arriba y alguien abajo. Siempre tienen que ganar la conversación, tener la razón, sentirse admirados, sentirse indispensables.
Y cuando eso no pasa… empiezan a lanzar fuego.
Hablan diferente de ti dependiendo de quién esté enfrente.
Te sonríen de frente y te contradicen por detrás.
Te buscan cuando necesitan atención, pero les incomoda profundamente cuando tú ya no la necesitas.
Es agotador.
Porque uno termina creyendo que, si explica mejor las cosas, ahora sí lo van a entender.
Pero no.
Hay personas que no escuchan para comprender.
Escuchan para encontrar la parte donde puedan seguir siendo las víctimas de una historia que ellos mismos escribieron.
Y, honestamente, creo que eso fue lo que más me decepcionó.
No el ego.
No el narcisismo.
No la doble cara.
Sino descubrir que hay gente que prefiere proteger la imagen que tiene de sí misma antes que cuidar a las personas que dicen querer.
Porque reconocer que hicieron daño implicaría bajarse del pedestal.
Y algunos viven tan cómodos ahí arriba que prefieren perder personas antes que perder el personaje.
Así que últimamente he tomado una decisión muy sencilla.
Dejar de adoptar dragones.
No porque les tenga miedo.
Sino porque ya entendí que no me corresponde enseñarles a no incendiar todo lo que tocan.
Hay fuegos que solo se apagan cuando quien los provoca decide dejar de alimentarlos.
Y esa decisión nunca ha estado en mis manos.
Así que, por primera vez, creo que voy a dejar que el dragón se quede con su montaña de orgullo, de excusas y de versiones distintas según el público.
Yo, mientras tanto, prefiero quedarme con algo mucho más raro.
La paz.
Porque descubrí que hay personas que parecen criaturas mitológicas, pero en realidad solo son seres humanos con un ego tan grande… que terminaron creyéndose el dragón de su propia historia.













