by Lauren A. Altamira
Últimamente me he estado preguntando algo que probablemente debería haberme preguntado hace muchísimo tiempo: ¿en qué momento decidimos que conseguir lo que queríamos era simplemente la señal para empezar a querer otra cosa?
Porque tengo esta extraña relación con mis propias metas.
Las persigo como si mi vida dependiera de ellas. Me obsesiono, trabajo, me organizo, me esfuerzo, me convenzo de que esta vez sí voy a sentir esa satisfacción enorme que supuestamente llega cuando consigues algo por lo que llevabas tanto tiempo trabajando.
Y entonces sucede. Lo consigo, y mi cerebro dice:
“Ok. ¿Qué sigue?”
¿Perdón? ¿No se supone que aquí debía sonar música? ¿No debería aparecer una versión cinematográfica de mí caminando en cámara lenta mientras todos aplauden? ¿Dónde está mi confeti?
Porque a veces siento que mi mayor problema no es que no consiga las cosas. Es que no sé quedarme a disfrutarlas. Y creo que eso es mucho más común de lo que admitimos.
Vivimos en una época en la que constantemente tenemos que estar mejorando algo.
Más dinero. Más seguidores. Más músculo. Más proyectos. Más viajes. Más experiencias. Más productividad.Más crecimiento. Más. Más. Más. Y un día te despiertas y te das cuenta de que llevas años construyendo una vida que querías, pero no te has detenido ni cinco minutos a mirar la vida que ya construiste.
Qué ironía.
Nos enseñaron a perseguir nuestros sueños, pero nadie nos explicó qué hacer cuando finalmente los alcanzamos.
Hay algo dentro de mí que siempre está haciendo una lista.
- Esto ya está.
- Ahora aquello.
- Eso todavía falta.
- Podría mejorar esto.
- Debería estar más avanzada.
- Podría hacer más.
Y así, incluso cuando algo sale bien, encuentro inmediatamente la siguiente montaña.
Es como tener un GPS emocional que jamás sabe decir: “has llegado a tu destino.”
Siempre recalculando. Siempre buscando una ruta más larga. Siempre convencida de que la siguiente versión de mi vida será la que finalmente me haga sentir satisfecha. Pero… ¿Y si no? ¿Y si el problema no es que todavía no haya llegado? ¿Y si simplemente nunca aprendí a detenerme?
A veces pienso en todas las pequeñas cosas que he conseguido y me da un poco de tristeza darme cuenta de que algunas de ellas merecían una celebración que nunca tuvieron.
Merecían una cena. Una botella de vino. Una llamada a alguien diciendo: “¿Sabes qué? Lo hice.” Merecían una noche en la que no hubiera que pensar en lo siguiente. Solo disfrutar.
Pero en lugar de eso, muchas veces he terminado una meta y, antes de siquiera respirar, ya estaba pensando en cómo hacer la siguiente. Como si disfrutar fuera perder tiempo. Como si descansar después de conseguir algo significara que me estaba volviendo conformista. Como si celebrar mis logros pudiera hacerme perder el hambre.
Y quizá ahí está el error.
Porque celebrar no significa conformarse.
Puedes estar orgullosa de dónde estás y seguir queriendo crecer. Puedes mirar tu vida y decir “me encanta esto” mientras todavía quieres construir algo más. Puedes agradecer lo que tienes sin renunciar a lo que deseas.
Creo que durante mucho tiempo confundí ambición con insatisfacción. Y no son lo mismo. La ambición dice: “Quiero más.” La insatisfacción dice: “Lo que tengo nunca será suficiente.” Y hay una diferencia enorme entre ambas. Porque puedes querer una vida extraordinaria sin hacer sentir miserable a la persona que eres mientras la construyes. Quizá debería empezar a celebrar las pequeñas victorias.
Ese proyecto que salió bien. Ese día en el que finalmente hiciste algo que llevabas meses posponiendo. Ese número que alcanzaste. Esa versión de ti que hace un año parecía imposible. La comida que disfrutaste sin culpa. La tarde que no hiciste absolutamente nada y sobreviviste. La conversación que te hizo feliz. La persona que se quedó. La persona que finalmente dejaste ir. El día en que te miraste al espejo y, aunque todavía encontraste cosas que no te gustaban, pudiste decir:
“Estoy haciendo lo mejor que puedo.”
Porque tal vez la vida no está hecha únicamente de grandes momentos. Tal vez la mayor parte de nuestra existencia sucede en esas pequeñas escenas que ni siquiera consideramos importantes mientras están ocurriendo. Y qué terrible sería llegar al final de una vida llena de metas cumplidas y descubrir que nunca tuvimos tiempo de disfrutar ninguna.
Quizá necesitamos dejar de vivir como si nuestra felicidad estuviera escondida detrás de la siguiente meta. Porque siempre habrá otra. Siempre habrá otra cifra. Otro proyecto. Otro sueño. Otro lugar. Otra versión de nosotros mismos que queremos alcanzar. Y si esperamos a terminar absolutamente todo para sentirnos orgullosos… vamos a pasar toda la vida esperando.
Así que quizá hoy quiero intentar algo diferente.
Quiero aprender a decir: “Esto lo hice bien.” Sin inmediatamente agregar: “pero podría hacerlo mejor.”
Quiero aprender a disfrutar el momento antes de convertirlo en un recuerdo. Quiero permitirme tener pequeñas victorias. Quiero brindar por mí aunque nadie más esté mirando. Quiero mirar alrededor y reconocer que algunas de las cosas que hoy considero normales alguna vez fueron exactamente las cosas por las que lloré, trabajé y soñé.
Y quizá esa sea la pregunta que deberíamos hacernos más seguido:
¿Estamos realmente persiguiendo una vida mejor o simplemente nos hemos acostumbrado a sentir que nunca somos suficientes?
Porque tal vez el verdadero éxito no sea conseguir todo lo que quieres. Tal vez sea llegar a un punto en el que puedas mirar lo que ya tienes, sonreír y decir:
“Dios… qué bonito que no me rendí.” Y por una vez… no preguntarte qué sigue.
Por ejemplo, estoy estudiando diseño de interiores y exteriores, algo que hace algunos años probablemente habría visto como algo impensable, porque yo sé perfectamente lo que significan para mí porque sé de dónde vengo y cuánto me ha costado llegar hasta aquí.
También he empezado, poco a poco, a regresarles a mi familia algunas de las cosas que durante tantos años ellos me dieron a mí. Y creo que hay algo profundamente bonito en poder decir: “Ahora me toca a mí.”
Tengo un trabajo que amo. Que de verdad amo. Me apasiona lo que hago. Me emociona crear, trabajar, pensar proyectos, conocer personas, construir cosas desde cero y ver cómo una idea termina existiendo fuera de mi cabeza.
Y sí, también quiero hacerle más espacio a otra parte de mí que me está llamando cada vez más fuerte: escribir.
Quiero escribir más. Quiero tomarme más en serio esa pasión. Quiero descubrir hasta dónde puedo llevarla. Pero incluso con todo eso pendiente, si me detengo un segundo, tengo que reconocer algo:
Mi vida está saliendo bastante bien.
No exactamente como la imaginé. No perfectamente. No al ritmo que pensé, pero está saliendo increíble increíble. Y quizá eso debería ser suficiente motivo para abrir una botella, comprarme flores, salir a cenar o simplemente sentarme cinco minutos y decirme:
“Estoy orgullosa de ti.”
Pero no lo hago. Y no sé por qué. Tal vez, en el fondo, sigo esperando que alguien más se dé cuenta. Que alguien vea todo lo que me ha costado. Que alguien diga: “Oye, esto que estás haciendo es increíble.” Que alguien entienda la importancia que tienen para mí esas pequeñas victorias. Tal vez todavía existe una parte de mí que espera que alguien se dé cuenta de lo importante que es para mí haber llegado hasta aquí, después de todo lo que me ha costado. Y quizá eso también es algo que tengo que aprender.
No necesito que alguien más valide la magnitud de mi vida para poder celebrarla.
Porque yo sé cuánto tardé. Yo sé cuántas veces dudé. Yo sé cuántas veces pensé que no iba a poder. Yo sé cuántas veces tuve miedo. Yo sé cuántas veces seguí trabajando aunque no tuviera ganas. Y si alguien no se da cuenta de lo importante que es para mí… yo sí debería darme cuenta.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de esperar que alguien venga a entregarme una medalla por haber sobrevivido an mis propias tormentas. Tal vez es momento de darme cuenta que hay personas para las que estoy y no están para mí.
Tal vez puedo fabricármela yo, y ponérmela sin sentir vergüenza. Porque sí. Hoy firmé contratos. Hoy estoy estudiando algo que me apasiona y no pensé que me gustaría algún día. Hoy puedo devolverle un poquito a mi familia de todo lo que alguna vez hicieron por mí. Hoy tengo un trabajo que amo. Hoy sigo escribiendo. Hoy sigo construyendo. Hoy estoy mucho más cerca de la vida que alguna vez soñé.
Y quizá, por una vez, en lugar de preguntarme “¿qué sigue?”, debería preguntarme: “¿Te das cuenta de todo lo que acabas de conseguir?”
Porque sí. Hay otra meta. Y después habrá otra. Y probablemente otra. Pero hoy no. Hoy quiero quedarme aquí un ratito. Mirar alrededor. Respirar. Sonreír, y celebrar. Porque quizá el verdadero logro no sea llegar a donde siempre quisiste estar.
Quizá sea aprender a reconocer que ya estás ahí.













