by Lauren A. Altamira
Hay temporadas de la vida que parecen escritas por alguien que decidió cambiarte el guion sin avisarte. Y luego están esas en las que, de pronto, te descubres viviendo una historia que hace apenas unos meses no habrías sabido imaginar.
Últimamente he pensado mucho en eso. En lo diferente que se ve mi vida, en las personas que están apareciendo, en las oportunidades que están llegando y en esta extraña, maravillosa sensación de estar exactamente donde quiero estar, aunque todavía no tenga demasiado claro hacia dónde voy.
Si mi vida fuera una película, creo que esta sería la parte en la que la protagonista camina por la ciudad con unos audífonos puestos, una canción perfectamente elegida de fondo y una sonrisa que ni ella misma sabe explicar. La cámara la sigue mientras hace sus cosas, se encuentra con personas, trabaja, entrena, se ríe y, entre una escena y otra, piensa que quizá la vida no estaba tan mal después de todo.
Y qué curioso, porque durante mucho tiempo pensé que la felicidad se sentiría como llegar a algún lugar. Como terminar un proyecto, conseguir algo que llevaba mucho tiempo buscando o encontrar finalmente esa estabilidad que tanto imaginaba.
Pero ahora sospecho que también puede sentirse como estar en medio de todo, con un montón de cosas por resolver, planes por cumplir y personas nuevas que todavía no sabes qué papel tendrán en tu historia.
Por ejemplo, está mi nuevo círculo.
Me parece fascinante conocer personas que hace unos meses ni siquiera sabía que existían. Sentarme a conversar con alguien que hasta hace poco era un completo desconocido, descubrir sus historias, sus ocurrencias, sus maneras de pensar y observar cómo, poco a poco, empiezan a construirse dinámicas que terminan formando parte de tu rutina.
¿No les parece increíble que existan personas con las que todavía no has compartido tu primera anécdota favorita?
Me divierte pensar en eso. En todas las conversaciones que todavía no suceden, en las bromas que aún no tenemos, en los planes que todavía no hacemos y en las fotografías que algún día nos harán decir: «¿Te acuerdas de cuando apenas nos conocíamos?».
Y hablando de personajes nuevos, también están apareciendo oportunidades laborales que me tienen particularmente emocionada.
Creo que una de las sensaciones más bonitas es descubrir que puedes desenvolverte en lugares donde nunca imaginaste estar. Que puedes aprender, adaptarte, resolver problemas y demostrar que tienes mucho más que ofrecer de lo que algunas personas podrían suponer a primera vista.
Me gusta trabajar, me gusta crear, me gusta tener ideas y me encanta cuando alguien reconoce mis capacidades. No voy a fingir modestia en esto: me siento orgullosa de saber que puedo desenvolverme en distintos ámbitos y hacerlo bastante bien.
Hay algo muy satisfactorio en que te confíen un proyecto, en que alguien vea potencial en ti y en descubrir que puedes convertir una oportunidad en algo mucho más grande.
Tengo tantos planes que a veces siento que necesito contratar a una segunda versión de mí para que me ayude a ejecutarlos. Quiero terminar proyectos, comenzar otros, crecer profesionalmente, aprender cosas nuevas y llevar a cabo ideas que llevan demasiado tiempo viviendo en mi cabeza.
Y ya que hablamos de grandes proyectos, creo que mi relación con el gimnasio merece su propia escena cinematográfica.
Si algo he aprendido durante este proceso es que el cuerpo no entiende de impaciencias. Puedes tener toda la motivación del mundo, guardar cientos de rutinas en Instagram y escuchar música que te haga sentir protagonista de un entrenamiento de Attack on Titan, pero al final tienes que presentarte, levantar el peso y hacer el trabajo.
El déficit me costó bastante. Hubo días en los que la disciplina parecía una batalla interminable, pero ahora que estoy comenzando el volumen descubrí que mi siguiente enemigo no era precisamente el que esperaba.
Comer más.
Sí, parece un chiste. Después de tanto tiempo intentando mantener un déficit, ahora tengo que convencerme de que aumentar mi alimentación también es parte de mi progreso. Mi cerebro todavía tiene algunas murallas que derribar cuando se trata de relacionar la comida con el crecimiento y no con algo negativo.
Y es curioso cómo funciona la mente: puedes entender perfectamente que necesitas alimentarte para construir músculo, pero aun así tener que recordártelo cada vez que te sientas a comer.
Supongo que hasta Eren necesitó varias temporadas para entender que el mundo era mucho más grande de lo que imaginaba. Yo, por mi parte, estoy intentando entender que no puedo pedirle a mi cuerpo que construya una versión más fuerte de mí si no le doy los recursos para hacerlo.
Y hablando de murallas, últimamente he pensado que quizá todos tenemos algunas.
Las construimos para protegernos, para evitar que ciertas cosas vuelvan a suceder, para no permitir que cualquiera entre en nuestra vida. Pero llega un momento en el que tienes que preguntarte si esas murallas todavía te están protegiendo o si simplemente te están impidiendo descubrir lo que existe del otro lado.
Creo que eso es algo que estoy viviendo ahora.
Estoy conociendo gente, aceptando oportunidades, permitiéndome experimentar y descubriendo que todavía hay muchísimas cosas que pueden emocionarme.
Y, sobre todo, estoy enamorada.
No, no hay ningún príncipe misterioso apareciendo en esta columna, así que podemos guardar las teorías románticas para otro capítulo.
Estoy enamorada del amor en todas sus presentaciones.
Del amor que siento cuando trabajo en algo que me apasiona y pierdo la noción del tiempo. De mis amistades, de las conversaciones inesperadas, de conocer personas que llegan con historias completamente distintas a la mía. Del cariño que puedo encontrar en un abrazo, en una invitación espontánea o en alguien que se acuerda de un pequeño detalle que mencioné hace semanas.
Estoy enamorada de mis mascotas. Y ahora tenemos una nueva integrante en la familia: una perrita preciosa, mezcla de pitbull con mestiza, que llegó a nuestras vidas para recordarme que uno puede enamorarse perdidamente de alguien que probablemente nunca entenderá por qué le hablamos con voz de bebé.
También estoy enamorada de mis padres, de mi hermana y de mi familia. De tenerlos, de compartir con ellos y de saber que existen personas por las que quiero seguir construyendo una vida cada vez mejor.
Quiero ofrecerles más. Quiero que puedan contar conmigo, que sepan que estoy ahí y que mis logros también puedan convertirse en momentos que disfrutemos juntos.
A veces pienso que una de las mayores motivaciones para crecer es tener con quién compartir lo que vas consiguiendo.
Y quizá por eso me emociona tanto todo lo que viene.
Hace poco me pregunté algo: ¿en qué momento dejamos de vivir esperando que algo cambie y comenzamos a disfrutar de lo que ya está cambiando?
Porque no recuerdo una mañana en particular en la que despertara y dijera: «Listo, ya soy feliz». No hubo música de fondo, ni una escena en cámara lenta, ni una revelación acompañada de fuegos artificiales.
Simplemente empecé a disfrutar más.
De mis días de trabajo. De los planes que surgen sin demasiada organización. De las personas que estoy conociendo. De mis entrenamientos, de mis proyectos y hasta de las pequeñas responsabilidades que antes me parecían una carga.
Me gusta tener cosas que esperar con ilusión.
Me gusta pensar en el siguiente año y saber que no quiero llegar a él solamente con deseos, sino con trabajo detrás de cada uno. Quiero terminar proyectos importantes, crecer laboralmente, alcanzar objetivos personales y seguir construyendo una versión de mí que me emocione conocer.
No quiero que todos mis planes se queden en conversaciones que tengo conmigo misma antes de dormir. Quiero hacerlos realidad. Y estoy dispuesta a trabajar por ellos, incluso en esos días en los que la motivación decida tomarse vacaciones sin avisar.
Quizá no tengo un plan perfecto. Quizá algunas personas van a decepcionarme, algunos proyectos van a tomar más tiempo y habrá días en los que vuelva a cuestionarme absolutamente todo.
Pero ya no quiero vivir como si cada decepción fuera una señal para regresar detrás de mis murallas.
Si algo me ha enseñado esta etapa es que todavía hay personas maravillosas por conocer, oportunidades que no sabía que existían y experiencias que ni siquiera he tenido la oportunidad de imaginar.
Y sería una lástima perderme todo eso por quedarme mirando hacia atrás.
Así que aquí estoy: trabajando, entrenando, haciendo planes, conociendo gente, queriendo muchísimo a los míos y tratando de no adoptar más animales de los que mi casa puede albergar. Aunque sobre esto último no prometo absolutamente nada.
Tal vez la vida no se trata de encontrar un lugar donde todo esté resuelto. Tal vez se trata de tener suficientes razones para levantarte cada mañana con ganas de descubrir qué sigue.
En Attack on Titan, durante mucho tiempo los personajes creyeron que el mundo terminaba detrás de unas murallas. Y cuando finalmente descubrieron lo que había más allá, entendieron que la libertad también implicaba enfrentarse a lo desconocido.
Pienso que algo parecido sucede cuando comenzamos a crecer.
Descubrimos que hay mucho más por vivir de lo que alguna vez imaginamos, pero también entendemos que salir al mundo significa aceptar que no todo estará bajo nuestro control.
Y, sinceramente, me gusta pensar que todavía no he visto ni una pequeña parte de lo que me espera.
No sé quiénes se quedarán, qué oportunidades terminarán convirtiéndose en grandes proyectos ni cuántas versiones de mí voy a conocer durante el camino.
Pero sé que quiero estar ahí para descubrirlo.
Y si esta fuera una película, creo que este sería el momento en el que la cámara se aleja lentamente, la protagonista mira hacia el horizonte y comienza a sonar una canción que anuncia que algo grande está por suceder.
No porque tenga la vida resuelta.
Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, tiene muchísimas ganas de vivirla.
Y qué bonito es descubrir que el mundo no se termina donde antes creías que estaban tus murallas. A veces, apenas comienza cuando te atreves a cruzarlas.













