by Lauren A. Altamira
Soy una persona que se desvive por lo que ama. Y cualquiera podría pensar que eso es un defecto. Que amar tanto es peligroso. Que darlo todo siempre termina mal. Que la solución es aprender a querer menos.
Yo no lo creo.
Nunca he pensado que el problema sea la cantidad de amor que soy capaz de dar. El problema es el enorme potencial que tiene ese amor para ser explotado por las personas equivocadas.
Y eso… eso me costó muchísimos años entenderlo.
Porque cuando quiero a alguien, estoy.
No importa la hora. No importa si estoy cansada. No importa si tengo mil cosas encima.
Estoy. Escucho. Abrazo. Resuelvo. Me preocupo. Y durante mucho tiempo pensé que el cariño funcionaba así. Que si tú estabas para alguien, ese alguien estaría para ti cuando llegara el momento.
Qué equivocada estaba.
Hay personas que son expertas en buscarte cuando el mundo se les está cayendo encima. Te llaman porque necesitan un consejo. Porque necesitan distraerse. Porque necesitan sentirse menos solos. Porque necesitan un abrazo. Porque necesitan a alguien que, por un rato, les haga creer que todo va a estar bien.
Y ahí estás tú. Como siempre.
Pero qué curioso, cuando el mundo empieza a caerse sobre tus hombros, esas mismas personas parecen desaparecer con una facilidad impresionante. No responden. No preguntan. No aparecen. No están.
Y entonces entiendes que nunca fueron un refugio para ti. Solo te convirtieron en el suyo.
Creo que ese fue uno de los golpes más duros que me ha dado la vida. Descubrir que algunas personas no te quieren. Te necesitan. Y son dos cosas completamente distintas. Porque quien te quiere, también aprende a sostenerte. Quien te necesita, únicamente aparece cuando el vacío vuelve a dolerle.
Por eso decidí ponerme un límite. No porque ya no quiera a la gente, sino porque me cansé de regalar partes de mí a personas que nunca tuvieron la intención de cuidarlas. Y justamente desde que tomé esa decisión, hay un pensamiento que volvió a instalarse en mi cabeza.
Quiero irme.
Hace muchísimo tiempo que no sentía esta necesidad con tanta fuerza, pero volvió, y no deja de hablarme. Me despierto y pienso en irme. Voy manejando y pienso en irme. Camino por las mismas calles y pienso en irme.
Como si mi cabeza llevara meses gritándome algo que mi corazón apenas está empezando a aceptar.
Ya no pertenezco aquí.
Porque este lugar está lleno de recuerdos que ya no quiero seguir cargando, está lleno de la versión de mí que rogaba por ser elegida. La que esperaba mensajes. La que justificaba silencios. La que hacía espacio para personas que jamás hicieron espacio para ella.
Y Dios… cómo quisiera borrar a esa versión de mí. No porque me avergüence, sino porque me duele recordarla. Me duele saber cuánto amor entregó creyendo que algún día iba a regresar de la misma manera. Me duele verla esperando a personas que ya habían decidido irse mucho antes de decir adiós. Y sobre todo me duele que este lugar me la recuerde todo el tiempo.
Hay calles que todavía conocen mis peores días. Hay personas que conocieron la versión más rota de mí y aun así decidieron no quedarse. Hay conversaciones que todavía pesan.
Hay nombres que ya no quiero volver a escuchar.
Y creo que uno también tiene derecho a dejar atrás los escenarios donde fue profundamente infeliz. No por rencor. Por paz. Porque hay gente tan vacía que solo sabe buscarte cuando necesita llenarse un poquito contigo.
Te dicen que te aprecian. Que eres importante. Que eres de las pocas personas que realmente entienden.
Y después desaparecen.
Dios… Cómo odio a la gente que desaparece.
No porque se vaya. Todos tenemos derecho a cambiar de rumbo. Lo que odio son las promesas. Las personas que te hacen creer que puedes contar con ellas.Las que te dicen “aquí estoy” con una facilidad impresionante. Y cuando finalmente las necesitas…
No están. No hay llamada. No hay mensaje. No hay un “¿cómo estás?”. Solo un silencio que termina respondiendo todo lo que las palabras nunca dijeron. Supongo que por eso ya no quiero convencer a nadie de quedarse.
Ya no quiero perseguir amistades. Ya no quiero sostener vínculos que solo existen mientras soy útil. Ya no quiero seguir siendo el lugar al que todos regresan cuando la vida les sale mal.
Así que sí. Quiero irme. Quiero desaparecer de este lugar. Quiero empezar de cero en un lugar donde nadie conozca a la persona que alguna vez fui. Donde nadie recuerde la versión de mí que fui aquí porque la vida me dolía. Donde nadie me vea con los ojos con los que me conocieron cuando todavía no entendía cuánto valía.
Y mientras ese día llega… Voy a seguir ejecutando mi plan, paso a paso, en silencio, porque hay sueños que necesitan paciencia. Y despedidas que empiezan mucho antes de hacer una maleta.
Empiezan el día en que entiendes que ya no quieres seguir compartiendo tu vida con personas que solo saben encontrarte cuando el mundo les duele, pero que nunca aprendieron a buscarte cuando la que estaba rompiéndose eras tú.
Y creo que esa será mi última forma de quererme. Irme antes de volver a perderme por personas que jamás habrían hecho el viaje de regreso por mí.













