by Lauren A. Altamira
Hay películas que uno ve porque todo el mundo habla de ellas, y luego está La Odisea de Christopher Nolan. Es de esas películas que no terminan cuando aparecen los créditos. Sales del cine, manejas de regreso, llegas a tu casa, te haces de cenar y, de alguna manera, Odiseo sigue sentado contigo en la mesa.
No puedo dejar de pensar en ella, y solo puedo decir que se acaba de convertir en mi película favorita.
No porque sea perfecta —aunque visualmente es una locura— sino porque me recordó algo que llevaba mucho tiempo ignorando: las historias más grandes nunca han tratado sobre héroes. Han tratado sobre personas intentando regresar a un lugar donde puedan sentirse en paz.
Y qué curioso…
Porque todos estamos intentando volver a algo.
Volver a quienes éramos antes de que nos rompieran el corazón. Volver a la tranquilidad. Volver a confiar. Volver a una versión de nosotros que todavía no tenía miedo. Pero mientras veía a Odiseo atravesar mares, monstruos, dioses caprichosos y personas que intentaban desviarlo de su camino, no podía dejar de pensar que nuestra generación tiene monstruos mucho más silenciosos.
El ego. La necesidad de tener siempre la razón. El miedo a ser vulnerables. Y, sobre todo, esa obsesión tan extraña de querer sentirnos amados exactamente como imaginamos que debería sentirse el amor.
Entonces entendí algo.
¿Cuántas personas hemos dañado simplemente porque queríamos que alguien nos quisiera de una forma específica?
No porque fuéramos malas personas, sino porque estábamos demasiado ocupados buscando nuestro propio regreso.
Hay quienes se quedan donde ya no quieren estar solo porque les aterra volver a empezar. Hay quienes prometen cosas que jamás van a cumplir porque les gusta cómo se siente que alguien los espere. Hay quienes desaparecen cuando la otra persona más los necesita y reaparecen cuando se sienten solos.
Todos, absolutamente todos, hemos sido una tormenta en la odisea de alguien, y eso me pareció poético.
Porque mientras Odiseo peleaba contra cíclopes, nosotros peleamos contra nuestras propias carencias. Él tenía a Poseidón intentando hundir su barco. Nosotros tenemos el orgullo. Y, honestamente, a veces el orgullo hace mucho más daño que cualquier dios griego.
Y justo no te pasa que tal vez habías hecho un espacio, para ayudar a alguien y al final no ocurrió. Después descubres que esa persona simplemente había decidido navegar hacia otro puerto. Y, ¿sabes qué es lo más curioso? Que si eso hubiera pasado hace unos años, probablemente te habrías quedado preguntándote qué hiciste mal o hubieras insistido.
Esta vez no.
Esta vez terminas haciendo algo completamente diferente y entonces pensé que, probablemente, si aquel plan hubiera salido como yo lo imaginaba, jamás habría vivido una de las mejores tardes que he tenido este año.
La vida tiene un humor bastante extraño.
A veces un barco no llega porque el viento cambió, y uno se enoja con el mar. Sin darse cuenta de que, si ese barco hubiera atracado, jamás habría encontrado el puerto donde realmente debía estar.
Supongo que por eso la película me rompió un poquito, porque entendí que la odisea nunca fue cruzar el océano.
La odisea era no perderse a uno mismo durante el viaje.
Y creo que ahí estamos fallando muchísimo. Queremos que alguien nos elija. Queremos ser suficientes. Queremos que nos quieran como nosotros queremos ser queridos.
Y en esa desesperación terminamos olvidando que la otra persona también viene cargando sus propias guerras. Sus propias tormentas. Sus propios monstruos.
No justifico el daño. Jamás.
Pero sí creo que muchas veces las personas no nos rompen por maldad. Nos rompen porque todavía están intentando descubrir quiénes son. Y mientras intentan volver a su propia Ítaca, destruyen sin querer los barcos que encuentran en el camino.
Qué complicado es el amor cuando nadie ha terminado primero su propia odisea.
Salí del cine pensando que Christopher Nolan había hecho una película sobre un hombre intentando volver a casa. Llegué a mi casa entendiendo que, en realidad, había hecho una película sobre todos nosotros. Sobre los que amamos tarde. Los que perdemos personas por orgullo. Los que esperamos demasiado. Los que hacemos esperar demasiado. Los que herimos intentando sentirnos amados. Los que alguna vez fuimos el monstruo en la historia de alguien más. Y los que seguimos creyendo que el siguiente puerto, ahora sí, será el correcto.
Quizá esa sea la razón por la que La Odisea me gustó tanto.
Porque no habla de héroes invencibles. Habla de personas profundamente imperfectas que, aun después de equivocarse una y otra vez, siguen buscando un lugar al que llamar hogar. Y al salir del cine no pude evitar preguntarme algo que, sospecho, Homero jamás imaginó que alguien preguntaría casi tres mil años después:
¿Y si la persona más difícil de encontrar al final de cualquier odisea… nunca fue el amor, sino nosotros mismos?













