Arturo Moreno Baños
El Tlacuilo
Antes de ganar la batalla que lo convirtió en el héroe más venerado del siglo XIX mexicano, Ignacio Zaragoza propuso quemar Puebla.
No era una ocurrencia: era una decisión táctica fría y documentada. Cuando en abril de 1862 el ejército francés del conde de Lorencez avanzaba desde Veracruz hacia la capital y Zaragoza evaluaba sus opciones de defensa con un ejército mal armado, mal alimentado y numéricamente inferior al que venía a enfrentarlo, su cálculo fue el siguiente: Puebla era una ciudad donde los conservadores esperaban a los franceses “con una lluvia de rosas”, como le había prometido el embajador Saligny a Napoleón III.
Si los franceses tomaban Puebla intacta, tenían un bastión conservador abastecido y una ruta despejada a la Ciudad de México. La solución militar más racional era no dejarles nada útil: quemar la ciudad, destruir los recursos y convertir Puebla en un obstáculo en lugar de un trampolín.
Juárez rechazó la propuesta.
Le ordenó a Zaragoza defender Puebla, no destruirla. Zaragoza obedeció, se instaló en los fuertes de Loreto y Guadalupe con fuerzas inferiores y el 5 de mayo de 1862 ganó una batalla que nadie esperaba que ganara.
El telegrama que le envió a Juárez esa noche fue tan escueto: “Las armas nacionales se han cubierto de gloria. Los franceses llevaron una lección muy severa; pero en obsequio de la verdad diré que se batieron como bravos, muriendo una gran parte en los fosos de las trincheras de Guadalupe.”
Murió cuatro meses después de tifus, con 33 años, todavía acuartelado en Puebla esperando el siguiente ataque francés que él ya no vería. Juárez le cambió el nombre a la ciudad en su honor: Puebla de Zaragoza.
La ciudad que Zaragoza quería quemar lleva su apellido desde 1862.














