By Lauren A. Altamira
He estado pensando en la cantidad de amor sincero que he recibido este año.
Y no sé si es porque últimamente me he permitido detenerme un poco más, mirar a mi alrededor y prestar atención a las cosas que antes daba por sentadas, pero me he dado cuenta de algo: aunque hubo personas que me hicieron dudar muchísimo del amor, también hubo otras que me demostraron que nunca debí hacerlo.
Y cuando hablo de amor, no me refiero únicamente al romántico. Qué curiosa es nuestra obsesión por hablar del amor como si solo existiera cuando alguien te toma de la mano, te besa o decide compartir su vida contigo. Como si no hubiera otras maneras de sentirse querida. Como si no existieran los amigos que te abrazan cuando no sabes qué hacer contigo misma, las hermanas que te enseñan una parte de su mundo, los padres que siguen mirándote como si todavía fueras su bebé o las personas que aparecen con tus flores favoritas porque, en algún momento, se tomaron el tiempo de escucharte.
Este año también hubo amores que no fueron sinceros.
Amistades que volvieron a fallarme. Personas que hablaron de mí cuando yo no estaba. Gente para la que estuve tantas veces que llegué a pensar que nuestra amistad era incondicional, hasta que dejaron de necesitarme y descubrieron que podían seguir con sus vidas perfectamente sin mirar atrás, gente que cuando estuve de espaldas me apuñalo.
Y creo que una de las cosas que más me ha dolido no es que se hayan ido, sino darme cuenta de que, mientras yo estaba construyendo un vínculo, quizá la otra persona solamente estaba disfrutando de lo que podía obtener de él.
Hay una diferencia enorme entre perder a alguien y descubrir que nunca lo tuviste de la manera en que pensabas.
Y sí, podría hablar horas de esas personas.
Podría contar historias, mencionar nombres, recordar conversaciones y explicar las veces que tuve que tragarme el orgullo para no responder como realmente quería. Porque, si soy sincera, conozco esa parte de mí que puede ser rencorosa. Esa que recuerda perfectamente dónde le dolió, qué le hicieron y quién estaba ahí cuando pasó.
También conozco mi capacidad para devolver las cosas.
Sé que, si quisiera, podría encontrar las palabras exactas para lastimar a alguien. Podría tocar esas inseguridades que alguna vez me confiaron, utilizar lo que sé de una persona para hacerle daño o convertirme en la peor versión de mí para demostrarle que conmigo no se juega.
Durante mucho tiempo pensé que saber defenderme de esa manera era una fortaleza.
Como si tener la capacidad de destruir a alguien significara que nadie podía destruirme a mí.
Pero ¿sabes qué he descubierto?
Que puedes conocer todas las maneras de lastimar a una persona y aun así no saber cómo protegerte de su deslealtad.
Puedes tener mil respuestas preparadas y seguir sintiendo tristeza cuando alguien te decepciona.
Puedes aprender a ser dura, a desconfiar, a no contar demasiado, a mantener cierta distancia y a fingir que nada te importa… y aun así terminar preguntándote por qué alguien a quien querías fue capaz de hacerte daño.
Entonces, ¿para qué?
¿Para qué convertirme en alguien que no quiero ser solamente porque otras personas no supieron comportarse conmigo?
Y no, esta columna no es para ellas. Por una vez, no quiero dedicarles ni una línea más de las necesarias.
Hoy quiero hablar de las personas que sí estuvieron.
De las que me hicieron recordar que el amor no siempre llega de la manera en que lo esperamos, pero que, cuando es sincero, encuentra la forma de hacerse presente.
Quiero hablar de mi mejor amigo, que estando en otro país y fue la primera persona en mandarme un mensaje para felicitarme por mi cumpleaños. Puede parecer un detalle pequeño, pero hay algo precioso en saber que, incluso estando lejos, alguien se acuerda de ti. Que existes en sus pensamientos cuando comienza un día importante para ti. Que la distancia no siempre significa ausencia.
Quiero hablar de mi mejor amiga, que llegó con mis flores favoritas. Y qué cosa tan bonita que alguien conozca tus gustos lo suficiente como para saber cuáles son las flores que te hacen feliz. Porque no son solamente flores, ¿verdad? Son las veces que mencionaste que te gustaban. Son las conversaciones que parecían insignificantes. Son esos pequeños detalles que alguien guardó en su memoria porque tú, sin saberlo, le importabas lo suficiente para recordarlos.
También quiero hablar de mi mejor amiga de la prepa, que me regaló un día entero de su tiempo y un regalo que tal vez ella no dimensiona, porque quizá no sabe que, más allá de lo que me dio, lo que más necesitaba era tenerla ahí.
A veces olvidamos que el tiempo es una de las formas más sinceras de amor.
Que alguien decida compartir contigo un día de su vida, sentarse a escucharte, reírse contigo y estar presente sin ninguna otra intención es un regalo que no siempre sabemos valorar hasta que nos falta.
Quiero hablar de mi hermana, que poco a poco me ha ido haciendo parte de su vida de una manera distinta. Que me ha permitido conocerla más allá de ser mi hermana mayor. Que me ha recordado que, aunque ya somos adultas y cada una tiene su mundo, seguimos siendo esas niñas que pueden emocionarse por encontrar peces en una laguna.
Y qué bonito es crecer y descubrir que algunas personas cambian contigo sin dejar de ser tu hogar.
Quiero hablar de mis papás, que todavía me miran como si fuera su bebé, aunque yo esté intentando descubrir cómo ser una adulta que no tenga todas las respuestas. De mis amigos, que me ayudan a entrenar, que me hacen reír, que me han abrazado tantas veces y que, quizá sin saberlo, han hecho que algunos días difíciles se sientan mucho más ligeros.
Y quiero hablar también de esas personas que conocí, que estuvieron pendientes de mí, que se preocuparon por cómo estaba y a quienes, al principio, juzgué mal.
Porque a veces escuchamos tantas historias de otras personas que terminamos creyendo que conocemos a alguien antes de darle la oportunidad de mostrarnos quién es.
Yo también lo hice.
Y hoy me doy cuenta de que algunas de esas personas no merecían recibir de mí la misma desconfianza que yo había aprendido a sentir por culpa de otras.
Qué injusto es hacer pagar a alguien nuevo por las heridas que alguien más nos dejó.
Qué fácil es confundir protegernos con cerrarnos.
Y qué peligroso es permitir que las personas que nos lastimaron sigan decidiendo, incluso después de irse, cómo vamos a tratar a quienes llegan después.
Por eso me emociona tanto darme cuenta de que últimamente tengo ganas de conocer gente nueva.
Y no, no estoy hablando necesariamente de encontrar pareja. Estoy hablando de conocer personas, de hacer amigos, de abrir mi círculo, de descubrir otras maneras de pensar, otras historias, otras formas de querer.
Me emociona pensar que todavía hay personas que no conozco y que algún día podrían convertirse en parte importante de mi vida.
Que todavía hay conversaciones que no he tenido, lugares a los que no he ido y recuerdos que aún no existen.
Y que no necesito saber desde el principio quién se va a quedar para disfrutar de conocer a alguien.
Porque sí, creo que tarde o temprano las personas terminan mostrándote quiénes son. Te enseñan cómo quieren, cómo actúan cuando las cosas se complican, qué hacen cuando ya no necesitan nada de ti y qué tan capaces son de cuidar aquello que les confiaste.
Pero también creo que no tenemos que vivir esperando ese momento.
No quiero conocer a alguien pensando en el día en que me va a decepcionar.
No quiero recibir cariño preguntándome cuándo va a terminar.
No quiero que cada gesto bonito venga acompañado de una sospecha.
Quiero aprender a disfrutar lo que es sincero mientras lo tengo.
Quiero confiar en lo que las personas me demuestran sin olvidarme de mí.
Quiero dejar de vivir como si el siguiente golpe fuera inevitable.
Porque, si algo me ha enseñado este año, es que hay personas que se van cuando dejas de serles útil, pero también hay otras que se quedan cuando ni siquiera sabes cómo ayudarte a ti misma.
Y esas son las que quiero celebrar.
Las que estuvieron cuando yo estaba perdida.
Las que no me juzgaron por las decisiones que tomé cuando no sabía qué hacer con mi vida.
Las que me acompañaron sin exigirme que tuviera todo resuelto.
Las que me conocieron en mis peores momentos y no utilizaron esa versión de mí para definir quién era.
Y, sobre todo, las que siguen aquí ahora que estoy empezando a encontrarme.
Porque también pasó algo curioso: algunas personas se fueron cuando dejé de estar perdida.
Cuando empecé a cambiar, cuando dejé de estar disponible para todo el mundo, cuando comencé a elegir de otra manera y cuando ya no fui la misma persona que habían conocido.
Y ¿sabes qué?
Qué bueno que se fueron. No lo digo desde el rencor. Lo digo desde la tranquilidad de entender que no todas las despedidas son una pérdida y que algunas personas solamente encajan en la versión de ti que ya no existe.
No me arrepiento de haberlas querido. No me arrepiento de haber estado ahí ni de haber dado lo mejor que tenía en ese momento.
Pero tampoco voy a seguir extrañando lugares en los que ya no quiero estar.
Hoy tengo personas a las que puedo llamar mis reales.
Mi familia, la que me ha acompañado de tantas maneras, y mis amigos, esa familia que la vida me permitió elegir.
Porque la familia no siempre se limita a quienes comparten tu apellido. A veces también está en quien te lleva flores, en quien te felicita desde otro país, en quien te abraza sin preguntarte demasiado, en quien te escucha repetir la misma historia y en quien sabe que necesitas reírte aunque todavía no tengas ganas de hacerlo.
Y yo tengo la suerte de haber encontrado personas así.
Personas a las que puedo decirles que quiero.
Personas con las que puedo ser cariñosa sin sentir vergüenza.
Personas a las que puedo escribirles cartas a mano, regalarles algo que mencionaron hace meses, organizar un plan solamente porque quiero verlas o dedicarles tiempo porque me hace feliz tenerlas en mi vida.
Y me pregunto: ¿en qué momento empecé a fingir que yo no era así?
¿En qué momento me convencí de que ser una persona amorosa era algo que tenía que esconder?
Tal vez después de dar demasiado a quienes no sabían qué hacer con lo que les ofrecía.
Tal vez después de sentir que ser detallista me hacía vulnerable.
Tal vez después de descubrir que no todas las personas cuidan lo que reciben.
Empecé a actuar como si nada me importara tanto. Como si no fuera capaz de encariñarme, como si no me emocionara conocer a alguien, como si no me gustara hacer cosas bonitas por las personas que quiero.
Me hice la difícil.
La fría.
La que no necesita a nadie.
La que puede irse antes de que la abandonen.
Y estoy cansada.
Estoy cansada de fingir que soy mala porque algunas personas me hicieron daño.
No soy mala.
Soy una persona que siente mucho, que se encariña, que recuerda los detalles, que disfruta hacer sentir especiales a quienes quiere. Soy esa persona que puede escribir una carta a mano porque hay cosas que un mensaje de WhatsApp no alcanza a decir. La que escucha que alguien quiere algo y meses después lo recuerda. La que quiere compartir tiempo, hacer reír, abrazar y decir “te amo” sin tener que esperar una ocasión especial.
Soy leal.
Soy cariñosa.
Soy detallista.
Y no quiero volver a avergonzarme de ninguna de esas cosas.
Claro que quiero aprender a poner límites. Claro que no quiero volver a entregarme a personas que no saben cuidar lo que reciben. Claro que quiero elegir mejor a quienes dejo entrar en mi vida.
Pero ya no quiero confundir tener límites con tener el corazón cerrado.
Porque puedo aprender a protegerme sin dejar de ser dulce.
Puedo reconocer a las personas que no me hacen bien sin convertirme en alguien que trata mal a las que sí.
Puedo recordar lo que me hicieron sin utilizarlo como una excusa para lastimar a alguien más.
Y puedo ser una mujer que se defiende sin dejar de ser una mujer que ama.
Quizá esa sea una de las cosas más bonitas que estoy aprendiendo: no necesito demostrar que soy capaz de hacer daño para demostrar que nadie puede pasar por encima de mí.
Mi poder también está en elegir qué hago con todo el amor que tengo.
En decidir a quién se lo doy.
En disfrutarlo cuando vuelve a mí.
En dejar de castigarme por tener un corazón que todavía se emociona con las flores, las cartas, los abrazos, los regalos inesperados y las personas que se acuerdan de mí.
Y quién sabe.
Tal vez algún día, sin prisa y sin estar buscando desesperadamente nada, conozca a alguien que también me haga sentir cosas bonitas. Tal vez vuelva a enamorarme. Tal vez descubra otra forma de compartir mi vida.
Pero hoy no quiero adelantarme a esa historia.
Hoy quiero disfrutar los amores que ya tengo.
Quiero cuidar a mis amigos.
Quiero abrazar a mi hermana.
Quiero decirles a mis papás que los amo.
Quiero escribir cartas, regalar flores, hacer planes y estar presente para las personas que también han sabido estar para mí.
Quiero dejar de pensar que el amor es algo que tengo que esperar a encontrar en una relación romántica y empezar a reconocer cuánto amor ya existe alrededor de mí.
Porque este año me fallaron personas que creí conocer.
Pero también me sorprendieron personas a las que apenas estaba aprendiendo a conocer.
Y si me preguntas qué me llevo de todo esto, no voy a hablarte de quienes se fueron, de quienes hablaron mal de mí o de quienes no supieron ser leales.
Voy a hablarte de quienes se quedaron.
De quienes me hicieron sentir querida cuando yo misma estaba aprendiendo a encontrarme.
De quienes me recordaron que no tengo que ser menos cariñosa para que me respeten, ni menos detallista para que me valoren, ni menos amorosa para evitar que me lastimen.
Porque no quiero que las personas que me quisieron mal tengan la última palabra sobre la mujer en la que me estoy convirtiendo.
No quiero que su deslealtad sea más fuerte que mi capacidad de confiar.
No quiero que su falta de amor me convenza de que debo dejar de ofrecerlo.
Y no quiero pasarme la vida intentando parecer alguien que nunca he sido.
La verdad es que amo el amor.
Lo amo cuando lo doy y cuando lo recibo. Lo amo en las flores que llegan sin motivo, en las conversaciones que se alargan, en las risas con mis amigos, en las fotografías que mi hermana me toma sin que me dé cuenta y en los mensajes de alguien que, aunque esté lejos, se acuerda de mí.
Lo amo en mi familia y en la familia que he elegido.
Lo amo en las personas que me permiten ser yo sin tener que esconder las partes más sensibles de mí.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no siento que tenga que disculparme por eso.
Así que, si este año me enseñó algo, es que no todo el mundo va a saber quererme, pero eso no significa que deba dejar de ser una persona que sabe querer.
Que algunas personas se fueron cuando dejé de serles conveniente, pero otras llegaron para conocerme de verdad.
Y que quizá no se trata de conseguir que todo el mundo se quede.
Se trata de reconocer a quienes hacen que valga la pena abrir la puerta.
A esas personas quiero dedicarles lo que soy.
Mi tiempo, mis detalles, mis abrazos, mis cartas y todas las veces que me nazca decirles que las amo.
Porque ya no quiero fingir que soy mala.
Ya no quiero actuar como si el amor me diera vergüenza.
Ya no quiero esconder a esa mujer que se emociona cuando encuentra el regalo perfecto, que guarda los detalles, que quiere pasar tiempo con sus personas favoritas y que todavía cree que querer bonito vale la pena.
Esa mujer también soy yo.
Y después de todo lo que he vivido, creo que merece quedarse.
Porque si algo me ha demostrado la vida durante este año, es que el amor no desapareció cuando algunas personas dejaron de quererme bien.
El amor seguía aquí. En mis amigos, en mi familia, en las personas que llegaron, en las que se quedaron y en la mujer que, a pesar de todo, nunca dejó de tenerlo para dar.













