by Lauren A. Altamira
Hay algo muy extraño que pasa cuando creces: un día descubres que tus papás no eran gigantes. Eran personas. Personas haciendo lo mejor que podían con las herramientas que tenían. Y entonces empiezas a recordar.
Yo recuerdo muchísimo a mi papá.
Recuerdo que de niña éramos inseparables. Me llevaba a su trabajo y para mí era como visitar el lugar más importante del mundo, porque él estaba ahí. Me dejaba quedarme a dormir con él y yo sentía que no existía un lugar más seguro. Me dejaba jugar con su cabello, hacerle colitas horribles que seguramente le dolían más de lo que admitía, y aun así nunca me decía que no.
Recuerdo mis cumpleaños.
Y hay algo que hasta la fecha me parece uno de los actos de amor más grandes que alguien puede hacer por otra persona.
Su papá cumplía años exactamente el mismo día que yo.
Y aun así encontraba la forma de hacer que mi cumpleaños se sintiera como el evento más importante del universo. Nunca me hizo sentir que tenía que compartir ese día. Nunca sentí que era menos importante. Siempre encontraba tiempo para celebrar a su papá y también para hacerme sentir la niña más especial del mundo.
De grande entendí el esfuerzo que eso implicaba.
También fue él quien me dejó hacer deporte cuando muchos pensaban que ciertas cosas eran “para hombres”. Él solo me veía llegar llena de tierra y decía que era muy fuerte. Me enseñó que mi cabeza podía llevarme mucho más lejos que cualquier otra cosa. Me repetía que estudiara, que aprendiera, que nunca dependiera económicamente de un hombre. Que aspirara siempre a más. Que creyera en mis ideas incluso cuando nadie más lo hiciera.
Y también hay algo que nunca ha cambiado, sin importar cuántos años tenga yo o dónde estemos los dos: siempre me ayuda. No importa si necesito un consejo, si tengo un problema, si algo se rompe, si el trabajo me sobrepasa o simplemente no sé qué hacer. Siempre encuentra la manera de estar. A veces con una llamada, a veces llegando hasta donde estoy, a veces resolviendo cosas que ni siquiera le corresponden. Nunca me ha hecho sentir que estoy sola cuando realmente lo necesito. Y creo que esa también es una de las formas más bonitas de amar a un hijo: convertirse en ese lugar al que siempre puede volver cuando el mundo pesa demasiado.
Y creo que una parte enorme de la mujer que soy hoy nació porque alguien me hizo creer, desde muy pequeña, que podía ser mucho más de lo que imaginaba.
Claro que también hubo momentos difíciles.
Hubo años en los que dejamos de hablarnos más veces de las que me gustaría admitir. A veces por orgullo. A veces por enojo. A veces porque dos personas que se quieren muchísimo también pueden lastimarse muchísimo.
Y qué desperdicio es el tiempo cuando se usa para no hablarle a alguien que amas.
Aun así, cuando la vida realmente me rompió, ahí estaba.
Estuvo cuando mi primer perrito murió y sentí que el mundo se acababa. Me abrazó sin intentar convencerme de que “solo era un perro”, porque entendía perfectamente que estaba perdiendo a un miembro de mi familia.
También estuvo el día que llegué llorando porque me habían roto el corazón por primera vez. Recuerdo preguntarle, entre lágrimas, por qué me estaba pasando eso si yo me quería casar con él. Qué ingenua era. Qué inmenso se siente el primer amor cuando todavía no conoces todo lo que la vida puede doler… y también sanar.
Y él simplemente me escuchó.
Con los años también me ha visto en versiones de mí que no me enorgullecen tanto. Me ha visto ebria. Me ha visto con los ojos completamente hinchados después de llorar por un hombre que no supo quererme. Me ha visto enojada con el mundo. Me ha visto equivocarme una y otra vez.
Y aun así… sigue siendo mi papá.
Hace algunos años tuve que perdonarlo.
No porque fuera perfecto. Nadie lo es.
Sino porque entendí que el amor también consiste en decidir qué heridas ya no quieres seguir cargando. Perdonarlo no cambió el pasado. Cambió la forma en la que yo quería vivir el futuro.
Hoy seguimos peleando de vez en cuando. Nos desesperamos mutuamente. A veces discutimos por tonterías. Somos increíblemente parecidos y eso puede ser una combinación peligrosísima. Pero incluso en medio de los enojos, hay una certeza que jamás ha cambiado: si lo necesito, él siempre está para mí.
Después de estos años de dolor solo puedo decir. No quiero perder ni un solo segundo más.
La vida es demasiado frágil para seguir creyendo que siempre habrá otro cumpleaños, otra comida, otra llamada, otra oportunidad para decir “te quiero”. Porque un día descubres que las personas que amas también pueden irse.
Y entonces entiendes que el tiempo nunca estuvo garantizado.
Así que sí.
Hoy solo quería escribir sobre mi papá.
Sobre el hombre que me enseñó a ser fuerte sin dejar de ser sensible. Que me enseñó a pensar antes de depender. Que creyó en mí cuando todavía ni siquiera yo sabía quién iba a ser.
Y aunque la vida nos haya hecho tomar caminos difíciles, aunque existan silencios que todavía pesan y discusiones que todavía aparecen de vez en cuando, si algo tengo claro es esto:
Si volviera a elegir un papá, volvería a elegir al mío.













