by Lauren A. Altamira
A veces me pregunto —con café en mano y cero dignidad emocional— quién fue el genio que inventó las relaciones casuales después de que una de las dos personas ya estuvo enamorada. Porque eso no es casual. Eso es spin-off emocional sin contrato, eso es decir “no pasa nada” mientras por dentro suena música dramática como si alguien acabara de escribir tu nombre en una Death Note.
Porque seamos honestas:
cuando estuviste enamorada de alguien, nunca vuelves a jugar el juego en modo fácil. Tú ya desbloqueaste niveles. Ya viste escenas que nadie más vio. Ya conoces los gestos, los silencios, las manías raras. Pretender que ahora todo es “light, sin expectativas” es como decir que Attack on Titan es una serie relajante sobre amistad.
El problema empieza cuando aceptas la narrativa moderna de:
“Somos libres, adultos, maduros, sin etiquetas.”
Mentira. Eso dura exactamente lo mismo que la cordura de Light Yagami. Al inicio todo es control, las cosas “claras”, distancia emocional… y luego alguien empieza a reclamar exclusividad y derechos que nadie firmó.
Porque SIEMPRE hay uno que reclama.
Siempre hay uno que dice “no somos nada” pero se pone más celoso que Blair Waldorf viendo a Serena respirar cerca de su territorio. No son nada… pero te revisan historias. No son nada… pero se ofenden si no das lo que piden. No son nada… pero actúan como si fueran married but not a couple, ese limbo absurdo donde no hay compromiso pero sí facturas emocionales o “reglas” que de pronto no sabías que existían-
Y claro, tú intentas ser cool.
Intentas ser la versión adulta, desapegada, tipo Sakamoto Days: aparentemente tranquila, funcional, con una vida normal… pero por dentro sigues siendo una ex-asesina emocional con reflejos entrenados, lista para reaccionar ante cualquier mínimo cambio de energía.
Lo que nadie te dice es que cuando hubo amor, lo casual se vuelve una película mal editada. Saltos de tono, escenas confusas, momentos tiernos que no deberían existir y silencios que pesan más que cualquier discusión. Es como ver una comedia romántica que de repente se convierte en thriller psicológico sin aviso.
Y ahí estás tú, preguntándote:
“¿Por qué me afecta si se supone que no somos nada?”, o “¿Por qué se enoja si dijo que no éramos nada?”.
Spoiler: porque sí fueron algo. Porque tu cuerpo, tu memoria y tu corazón no entienden de acuerdos verbales modernos. Ellos recuerdan. Ellos sienten. Ellos no leen contratos de “sin expectativas”.
La otra persona, en cambio, suele vivir en negación funcional.
No quiere compromiso, pero tampoco quiere soltarte. No quiere exclusividad, pero le molesta la competencia. No quiere responsabilidad, pero exige presencia. Básicamente, quiere los beneficios de una relación sin el trabajo emocional. El capitalismo sentimental en su máxima expresión.
Y tú empiezas a sentirte un poco ridícula.
Como protagonista de Gossip Girl que jura que “esta vez será diferente”, mientras la narradora invisible ya está preparando el voice-over más irónico de la historia. Porque claro que habrá drama. Siempre hay drama. El drama no aparece porque quieras más… aparece porque ya hubo algo real.
Las relaciones casuales después del amor son como jugar ajedrez emocional con alguien que dice que solo quiere damas chinas. No están en el mismo tablero. No hablan el mismo idioma. Y aun así, se siguen encontrando en la misma casilla.
Lo más injusto es que no eres intensa por sentir.
Simplemente no eres amnésica. No puedes borrar capítulos solo porque alguien decidió que ahora quiere algo simple. Tú ya leíste el libro completo. Pretender que ahora solo lees el índice es un insulto a la trama.
Y aun así, muchas veces te quedas.
Te quedas porque hay química, porque hay historia, porque hay momentos que siguen sintiéndose hogar. Te quedas negociando contigo misma, diciendo “es solo físico”, “no pasa nada”, “puedo con esto”. Spoiler otra vez: sí pasa algo. Siempre pasa algo. ¿De tu parte o de la otra? No lo sabemos, pero siempre pasa, así no quieras que pase la cosa.
Porque cuando estuviste enamorada, lo casual nunca es neutral.
Es una bomba con temporizador. No sabes cuándo explota, pero sabes que alguien va a salir herido. Generalmente el que siente más… y curiosamente, casi siempre es el que finge que no siente, aunque seamos sinceras, las dos partes fingen en algún momento, tal vez por diferentes cosas pero lo hacen.
Así que tal vez la verdadera madurez no sea aceptar lo casual a toda costa.
Tal vez sea reconocer cuándo una historia ya no puede fingir que es ligera. Tal vez sea saber irte antes de que alguien empiece a reclamarte como si fueras algo… mientras insiste en que no eres nada.
Porque al final, como en toda buena serie, no todas las historias están hechas para continuar. Algunas solo existen para recordarte lo que sientes, lo que mereces y lo que ya no estás dispuesta a negociar.
Y si por mucho cariño, y buenos momentos que hayas tenido, hay veces que las cosas siempre regresan al punto donde terminaron.














