by Lauren A. Altamira
Donde se quedan los que ya no están
He estado pensando en algo que no se dice en voz alta, pero que todos, en algún momento, sentimos en silencio: las personas que amamos no se van del todo. Cambian de lugar, cambian de forma, cambian de presencia… pero no desaparecen. Se quedan. No como antes, no de la manera en la que quisiéramos a veces, pero se quedan en detalles tan pequeños que sería absurdo intentar negarlo.
Se quedan en lo cotidiano.
En la forma en la que alguien te sostuvo cuando estabas rota, cuando ni tú misma sabías cómo sostenerte. En ese abrazo que no pediste, pero que llegó justo cuando más lo necesitabas, como si la otra persona hubiera entendido algo que ni siquiera habías podido explicar. Se quedan en la memoria de esa vez en la que lloraste tanto que el cuerpo simplemente se rindió… y alguien decidió no despertarte, como si entendiera que descansar también era una forma de sobrevivir.
Y es ahí cuando te das cuenta de algo extraño, pero profundamente humano: no te quedaste con todo de esas personas.
Te quedaste con lo que te construyó.
Con lo que, sin darte cuenta, se volvió parte de ti.
Porque hay cosas que se nos pegan al alma sin pedir permiso. Como aprender que a veces es mejor dormir a oscuras, no por miedo, sino por la calma que da el silencio completo. O reírte en la ducha mientras piensas que el agua caliente arruina el cabello, pero aún así no quieres salir de ese momento porque ahí, entre el vapor y el ruido del agua, hay una paz que nadie puede interrumpir.
He conocido personas que me han dañado.
Personas que me han hecho llorar más veces de las que me gustaría admitir.
Personas que, si lo pienso con frialdad, no merecían todo lo que di.
Y aun así… también fueron personas que me enseñaron algo. Que me dieron algo. Que dejaron algo.
Y eso es lo que más me cuesta explicar.
Cómo alguien puede ser herida y refugio al mismo tiempo.
Cómo alguien puede romperte… y aún así enseñarte a reconstruirte.
Cómo alguien puede irse… y dejar una versión de ti que no existía antes de conocerlo.
Porque sí, también he conocido personas que me salvaron en momentos donde todo parecía demasiado. Personas que me hicieron reír cuando no tenía ganas. Personas que me escucharon incluso cuando no sabía cómo decir lo que sentía.
Y con el tiempo entendí que no se trata de elegir entre lo bueno o lo malo.
Se trata de aceptar que ambos existen en la misma historia.
Que puedes recordar con cariño… y con dolor al mismo tiempo.
Que puedes extrañar… y no querer volver.
Que puedes querer… y aun así elegirte.
Me encanta la manera en la que algo bueno de alguien puede quedarse conmigo.
Cómo pequeñas cosas empiezan a formar parte de quien soy ahora. Como esa forma tan particular de reír sin poder sostener la mirada, porque hay algo tan intenso en ese momento que mirarse directamente se vuelve demasiado. Entonces se alejan, se acercan, se vuelven a perder… como si el lenguaje no fuera suficiente y todo tuviera que decirse sin palabras.
Me encanta recordar cómo alguien alguna vez me miró con admiración, como si yo fuera más de lo que creía ser. Como si esa seguridad que a veces finjo fuera, en sus ojos, completamente real.
Y entonces lo entiendes.
Cada persona que pasa por tu vida deja algo.
Y tú también dejas algo en ellos.
Un pedazo invisible que no se ve, pero que se siente cuando menos lo esperas. En una canción que aparece de repente —tal vez una de Alemán— y te transporta a un momento específico. En una gorra olvidada en algún rincón. En una risa que regresa sin aviso cuando recuerdas algo que parecía insignificante, pero que en su momento lo fue todo.
He querido a pocas personas en mi vida.
Pero a esas pocas… las he querido con todo.
De esa forma que no se puede explicar sin que suene exagerada. De esa forma que mezcla lo bonito con lo difícil, lo ligero con lo profundo, la risa con el dolor.
Y hay historias que se quedan de una forma más concreta, más tangible, más difícil de soltar.
Siempre voy a recordar que amaba Hora de Aventura y su forma tan torpe de ser, como un niño pequeño, y la manera en que, al estar juntos, el tiempo se me escapaba de las manos sin que me diera cuenta… pero también voy a recordar que me dañó de la manera más profunda que he conocido.
He de reconocer que una gorra y una chamarra siguen en mi cuarto, como si fueran pequeñas piezas de una historia que no terminó de acomodarse. Y aunque lo intentamos mil veces, éramos tan distintos que terminamos eligiendo una amistad que nunca supimos construir.
Porque también hubo alguien a quien tuve que soltar de una forma más radical, más definitiva. Alguien cuyos regalos tuve que tirar, no por desprecio, sino por supervivencia. Porque necesitaba recordarme que mi vida puede seguir sin pensar que era lo único que existía. Que ese anillo devuelto no era el fin del mundo, aunque en su momento lo pareciera.
Y aun así, incluso después de todo eso, no hay rencor.
Porque en el fondo sé algo que no siempre es fácil aceptar: no eran malas personas.
Eran personas.
Con sus propios miedos.
Con sus propias heridas.
Con sus propias decisiones.
Y tal vez eligieron irse.
Tal vez eligieron el silencio.
Tal vez eligieron el famoso “contacto cero” como una forma de protegerse o de seguir adelante.
Y aunque lo entiendo… no significa que no duela.
Porque sí duele.
Duele ser alguien que se queda en un mundo donde todos parecen irse.
Duele ser alguien que cumple lo que promete, incluso cuando la otra persona ya no está ahí para verlo.
Duele ser alguien que, aunque el tiempo pase, sigue teniendo un lugar guardado para quienes alguna vez fueron importantes.
Y sé que suena contradictorio, pero también es algo de lo que no quiero desprenderme.
Porque esa soy yo.
Alguien que siente.
Alguien que recuerda.
Alguien que, aunque aprenda a soltar, nunca aprende a olvidar del todo.
Y hay días en los que me gustaría que lo supieran.
Que supieran que, pase lo que pase, hay una versión de mí que siempre va a estar ahí para ellos. No de la forma en la que era antes, no desde el mismo lugar, pero sí desde ese espacio donde las promesas no se rompen solo porque la historia terminó.
Porque yo sí cumplo lo que digo.
Incluso cuando nadie está mirando.
Así que sí… me gusta quedarme con lo mejor de las personas.
Me gusta reconocer lo que me dieron, lo que me enseñaron, lo que despertaron en mí.
Pero también aprendí algo igual de importante.
Aprendí a recordar por qué ya no estoy ahí.
Porque no todo lo que se ama se queda.
Y no todo lo que se queda… se debe volver a elegir.













