by Lauren A. Altamira
Él se enamoró como se enamoran quienes no lo planean. No fue una caída lenta ni una decisión consciente; fue más bien un golpe suave pero constante, como esas canciones que no te das cuenta de que se volvieron parte de tu rutina hasta que un día no suenan y todo se siente raro. Ella llegó con su manera intensa de existir, con esa forma de mirar el mundo como si todo pudiera arder o brillar en cualquier momento. Y él, que siempre había sido calma, estructura, razón, se descubrió sonriendo sin darse cuenta, pensando en ella cuando no debía, eligiéndola incluso en silencios.
Ella, en cambio, no estaba lista. No porque no sintiera, sino porque sentir así le daba miedo. Porque había aprendido a sobrevivir huyendo justo cuando algo empezaba a importar demasiado. Así que se alejó. Así de golpe de esos que se alejan de quienes creen que el tiempo puede apagar lo que quema demasiado fuerte. Él se quedó ahí, intentando entender en qué momento el “nosotros” se había convertido en un recuerdo que todavía no terminaba de existir.
Pasó el tiempo. Él siguió con su vida como pudo. Conoció a alguien más, alguien que no lo sacaba de su eje, alguien que parecía encajar con la versión de sí mismo que siempre había sido antes de ella. No era un amor incendiario, era más bien una tregua. Y entonces, cuando ya había aceptado que ciertas historias solo viven en lo que no fue, ella volvió.
Volvió distinta, más consciente, con menos miedo en la voz, pero con el mismo fuego en los ojos. Volvió sin promesas, sin exigencias, solo con la honestidad torpe de quien sabe que llega tarde pero igual necesita tocar la puerta. Él ya no estaba solo. Y eso lo complicó todo.
Intentaron ser amigos. Porque decir que no podían verse era mentira. Porque habían aprendido demasiado el uno del otro como para fingir indiferencia. Porque sabían exactamente qué decirse cuando el mundo se les caía encima. Se convirtieron en ese lugar seguro que no debía existir, en esa persona a la que llamas cuando no sabes qué hacer contigo. Él terminó la relación en la que estaba, no por ella, sino una decisión externa, y ella comenzó a conocer a alguien más pero al saber que el no tenía a nadie prefirió quedarse sola para él.
Y aun así, no corrieron de inmediato a los brazos del otro. Se quedaron ahí, en ese espacio extraño donde el cariño pesa más que las decisiones. Se apoyaron mutuamente mientras ambos estaban rotos, pero por razones distintas. Ella luchaba contra la idea constante de no ser suficiente, de no llegar nunca a tiempo, de amar demasiado tarde o demasiado mal. Él cargaba con el miedo de repetir patrones, de herir sin querer, de no saber cuidar algo tan intenso sin romperlo.
Cuando decidieron intentarlo otra vez, no fue épico. Fue silencioso. Fue una conversación larga, honesta, sin promesas grandilocuentes. Todo parecía fluir, como si el tiempo por fin estuviera alineándose a su favor. Se reían con la misma complicidad de siempre, compartían gustos, canciones, ideas, esa forma tan suya de entender el mundo desde ángulos distintos pero complementarios. Ella era fuego: impulsiva, emocional, profunda, capaz de sentirlo todo de golpe. Él era calma: pensamiento, lógica, pausa, ese equilibrio que no apaga, pero contiene.
Ella temía no ser suficiente para alguien tan protector con sus sentimientos y emociones. Él temía no saber proteger a alguien tan intensa. Y aun así, ahí estaban. Eligiéndose en pequeños gestos, en mensajes a deshoras, en silencios cómodos, en abrazos que no pedían explicaciones, en besos fugaces e intensos.
No sabían si durarían. No sabían si el miedo terminaría ganando. Pero por primera vez, no estaban huyendo. Estaban presentes. Y a veces, eso es lo más cercano al amor que se puede pedir.
El final no estaba escrito. Seguían caminando, con cuidado, con deseo, con dudas. Como dos personas que saben que el riesgo es grande, pero que aun así deciden quedarse un poco más.














