by Lauren A. Altamira
Hay noches que se sienten como una toma larga sin cortes. La cámara quieta. La luz apenas rozando la habitación. Y yo, acostada mirando el techo, repasando mi vida como si fuera una película que todavía no termina de editarse.
Normalmente, cuando escribo de madrugada, hablo de lo que quiero. De lo que he hecho. De lo que me falta. Cuando los pensamientos como si fueran escenas desordenadas: metas, errores, necesidades. Pero esta vez la cámara gira hacia otro lugar. Más íntimo. Más silencioso.
Quiero hablar de lo que significa que te guste alguien… y saber que no puede estar contigo.
No porque no haya química.
No porque no haya historia.
Sino porque simplemente no puede ser.
Y no lo digo como si fuera mi confesión personal de esta noche. Lo digo porque allá afuera —en departamentos con luces apagadas, en autos estacionados, en bares donde la música está demasiado alta— hay miles de personas viviendo exactamente lo mismo. Personas atrapadas en relaciones de ir y venir. Ir y venir. Como si el amor fuera una puerta giratoria que nunca termina de cerrarse.
Hay quienes solo necesitan un abrazo antes de dormir. Un mensaje que diga “ya llegué”, “te extraño”, “te amo”. Hay quienes están rodeados de gente y aun así se sienten solos, como si el ruido exterior no lograra tocar el silencio interno. Hay quienes sienten que solo los buscan por interés, por compañía momentánea, por validación temporal.
Y hay quienes son demasiado amor para este mundo.
Demasiado profundos.
Demasiado leales.
Demasiado dispuestos a darlo todo.
Y eso, lejos de ser una virtud celebrada, se convierte en un peso.
Porque cuando eres profundo, no te basta con la superficie. Cuando eres intenso, no sabes amar a medias. Cuando eres leal, no entiendes los juegos. Y entonces llega alguien que te gusta. Alguien que despierta algo real. Y sabes que no puede quedarse.
Y aun así te quedas tú.
Esperando que esta vez no sea otro “ir y venir”.
Esperando que esta vez el guion cambie.
Esperando que esta vez no duela tanto.
Hay personas que quieren amar y ser amadas, pero tienen miedo. Miedo de volver a confiar. Miedo de volver a abrir el pecho y que alguien entre con zapatos sucios. Miedo de que les fallen otra vez.
Y me pregunto: ¿cuánto miedo tienes de vivir?
¿Cuánto miedo tienes de sentir?
¿Cuánto miedo tienes de dejarte abrir?
Es raro, si lo pensamos. Vivimos en una época donde todos dicen querer algo real, pero pocos se atreven a sostenerlo. Donde se habla de responsabilidad afectiva, pero se practica el desapego cómodo. Donde se busca intensidad en la noche y distancia en la mañana.
Es raro que ocultemos tanto lo que sentimos.
Es raro que solo cuando tomo alcohol me permita sentirlo todo. Que solo entonces me quite la armadura. Que solo entonces termine llorando en los brazos de algún amigo o amiga, confesando lo que en sobriedad escondo. Y en esos momentos no sé si soy débil por querer tanto… o increíblemente fuerte por seguir queriendo a pesar de todo.
Porque querer mucho duele.
Pero no querer nada… vacía.
Sé que no soy la única. Lo sé porque veo miradas que intentan parecer indiferentes y no lo logran. Lo sé porque escucho historias repetidas con distintos nombres. Lo sé porque hay demasiadas personas fingiendo que no sienten, cuando en realidad sienten demasiado.
Alaban mi cuerpo. Lo miran. Lo desean. Lo celebran.
Pero no se dan cuenta de que mi cuerpo es solo la envoltura.
Es una extensión de todo el cariño, amor, respeto y lealtad que soy capaz de dar cuando estoy con alguien.
No ven que cuando yo elijo, elijo completo.
Que cuando abrazo, abrazo con intención de quedarme.
Que cuando digo “me gustas”, lo digo con todo lo que eso implica.
Y quizá eso asusta.
Es raro. Pero estoy bien. Estoy bien. Estoy segura de que estoy bien.
O al menos eso me repito.
Porque también me he dado cuenta de algo: somos tantas personas dañadas en este mundo, intentando sentir mientras tenemos miedo de sentir. Personas que dicen “no quiero nada serio” cuando en realidad quieren algo que no se rompa. Personas que juegan a no necesitar a nadie, pero por las noches desean un mensaje que los haga sentir elegidos.
¿Por qué?
¿Por qué le tememos tanto a lo que más deseamos?
¿Por qué preferimos el ir y venir antes que el quedarnos?
¿Por qué nos acostumbramos a medias tintas cuando lo que realmente queremos es profundidad?
Tal vez porque amar de verdad implica riesgo. Implica que alguien tenga acceso a tus miedos, a tus inseguridades, a tus partes más frágiles. Implica que puedan fallarte. Y después de algunas caídas, el corazón aprende a protegerse.
Pero también se cansa.
Se cansa de vínculos intermitentes.
Se cansa de promesas sin fecha.
Se cansa de conexiones que solo existen en ciertos horarios.
Y aun así, sigue queriendo.
Eso es lo que más me conmueve de nosotros, los que sentimos mucho: que a pesar del miedo, seguimos deseando. Seguimos imaginando una escena distinta. Seguimos creyendo que tal vez, algún día, alguien se quede sin condiciones.
Quizá esta columna no tenga respuestas. Quizá solo sea una toma lenta de una emoción colectiva. Pero si alguna vez te gustó alguien que no podía estar contigo, si alguna vez viviste ese ir y venir que desgasta, si alguna vez te sentiste demasiado amor para alguien que apenas podía sostener poco… quiero que sepas algo.
No eres raro por sentir así.
No eres débil por querer profundo.
No eres exagerado por desear algo real.
Tal vez el mundo esté lleno de personas dañadas. Pero también está lleno de personas que, a pesar de todo, siguen dispuestas a amar.
Y eso, aunque dé miedo, también es hermoso.













