by Lauren A. Altamira
A veces me pregunto algo que parece pequeño, casi insignificante, pero que cuando se queda suficiente tiempo en la cabeza empieza a crecer como una pregunta sin final: ¿cuántas versiones de nosotros existen en la memoria de otras personas?
Porque nadie nos conoce por completo. Cada persona se queda solo con un fragmento: una conversación, un momento, una reacción, una despedida. Con eso construyen su propia historia sobre quién creen que somos.
Y lo extraño es que, en cierto modo, todas esas versiones existen al mismo tiempo.
En algún lugar alguien todavía recuerda a la persona que fui hace años.
En otro, alguien guarda una versión de mí que ya no existe.
Y en algún punto entre todas esas memorias… estoy yo, cambiando lentamente mientras el mundo sigue sosteniendo fotografías de alguien que ya no soy del todo.
A veces pienso que crecer también es eso: aprender a convivir con las versiones antiguas de uno mismo, mientras intentas no olvidar quién eres realmente.
Hace poco me tatué a Haku, y aunque para muchos podría parecer solo un personaje bonito o una referencia a El Viaje de Chihiro, para mí terminó significando algo mucho más silencioso y más profundo.
Porque su historia nunca fue solo la de un dragón.
Fue la historia de alguien que olvidó su propio nombre.
Alguien que siguió existiendo, moviéndose, ayudando a otros… incluso protegiendo a alguien más mientras una parte esencial de sí mismo permanecía perdida en algún lugar del pasado. Enterrada bajo el tiempo, como un río que sigue fluyendo aunque la ciudad haya crecido encima de él.
Y creo que hay momentos en la vida en los que uno también se vuelve un poco así.
Sigues caminando, sigues tomando decisiones, sigues adaptándote a lugares nuevos… pero en algún punto del camino dejas algo importante atrás sin darte cuenta.
A veces no es una persona.
A veces no es un lugar.
A veces eres tú.
Hace un par de años yo estaba ahí.
Perdida de formas que ni siquiera sabía nombrar. Cargando emociones que no entendía del todo, reaccionando desde lugares que no siempre me gustaban cuando los veía después con distancia.
Como cuando Chihiro llega a ese mundo extraño donde todo parece demasiado grande para ella. Un lugar lleno de reglas que nadie explicó. De puertas que llevan a habitaciones desconocidas. De criaturas que parecen saber exactamente cómo funciona todo mientras tú apenas estás intentando no desaparecer en medio del ruido.
Ese tipo de lugar donde uno se siente torpe.
Donde el miedo y la incertidumbre se mezclan con la sensación constante de que quizá no estás lista para lo que está pasando. Y mientras tanto, afuera, la vida seguía. La gente formaba opiniones. Sacaba conclusiones. Armaba versiones.
A veces pienso que somos un poco como ese extraño lugar donde llegan espíritus de todas partes. Algunos traen historias hermosas. Otros llegan cargando cosas pesadas que no saben dónde dejar.
Y nosotros intentamos sostenerlo todo.
Durante un tiempo incluso olvidamos qué cosas realmente nos pertenecen y cuáles simplemente se quedaron pegadas a nosotros por haber estado demasiado tiempo en el lugar equivocado.
Hubo momentos en los que me sentí un poco como Sin Cara.
Absorbiendo demasiado de lo que había alrededor.
Expectativas.
Opiniones.
Silencios.
Decepciones.
A veces uno consume emociones ajenas sin darse cuenta… hasta que el peso de todo eso se vuelve demasiado grande para cargarlo. Y entonces entiendes que no todo lo que te rodea tiene que quedarse contigo. Pero también hubo personas que aparecieron de formas inesperadas. Personas que, como Lin, empujan un poco cuando ven que estás dudando demasiado. Gente que no siempre habla con suavidad, pero que de alguna forma te enseña a moverte mejor dentro del caos. Y otras que ayudan desde lejos, sin hacer ruido, como Kamaji, como si entendieran que a veces lo único que alguien necesita es una pequeña oportunidad para seguir avanzando.
Con el tiempo entendí algo que antes me costaba aceptar.
Que perderse también forma parte del camino.
Porque incluso Haku necesitó olvidar para poder recordar después quién era realmente.
Y cuando ese momento llega, no ocurre con un gran espectáculo. Es algo mucho más simple. Un instante de claridad. Como cuando alguien pronuncia tu verdadero nombre después de haberlo olvidado durante mucho tiempo. Y creo que algo así empezó a pasarme. No de forma dramática. No de forma perfecta.
Pero sí de forma honesta.
Volví a escribir como si respirar dependiera de eso. Volví a pasar tiempo con mis mascotas y descubrir que, en su forma simple de existir, hay una paz que muchas veces olvidamos buscar. Volví a sentarme con mi familia sin sentir que estaba escapando de algo. Volví a reír con amigos sin esa sensación incómoda de estar actuando un papel.
Volví a reconocerme.
Y entonces entendí algo más.
Que algunas partes de nosotros nunca desaparecen del todo.
A veces simplemente esperan.
Como ese pequeño lazo en el cabello que alguien te dio para que no olvidaras quién eras, incluso cuando todo alrededor parecía intentar cambiarte.
Hoy, cuando miro ese tatuaje, no veo solo a Haku.
Veo un recordatorio.
De que incluso cuando uno se pierde, incluso cuando pasa demasiado tiempo intentando sobrevivir en lugares que no entiende del todo… siempre existe la posibilidad de encontrar el camino de regreso. Porque a veces lo único que hace falta es recordar. Recordar el río del que vienes. Recordar el nombre que siempre fue tuyo. Recordar la persona que eras antes de empezar a dudar de ti misma.
Y hoy, justo hoy, siento algo que durante mucho tiempo parecía lejano.
Estoy bien.
No porque todo esté resuelto. Ni porque la vida haya dejado de ser compleja. Sino porque ahora hay una calma nueva en saber quién soy. Estoy orgullosa de la persona en la que me estoy convirtiendo. Orgullosa de haber atravesado momentos que parecían demasiado grandes para mí. Orgullosa de haber cambiado cosas que no me gustaban de mí misma. Orgullosa incluso de las versiones antiguas que alguna vez fui. Incluso las que se sintieron perdidas. Porque sin ellas jamás habría encontrado el camino de regreso.
A veces la vida es exactamente eso. Perderse un rato. Olvidar algunas cosas de uno mismo. Caminar por lugares extraños. Hasta que un día, casi sin darte cuenta, algo se acomoda dentro de ti. Como si una memoria antigua despertara. Como si un río olvidado volviera a pronunciar tu nombre. Y entonces lo recuerdas. Y con esa certeza tranquila —como quien finalmente entiende de dónde viene— sigo caminando.
Abierta a nuevas historias.
A nuevas personas.
A nuevas versiones de la vida.
Con el corazón atento.
Quizá nunca dejé de saber quién era; solo necesitaba el tiempo suficiente para recordarlo.














