by Lauren A. Altamira
Hay una escena que casi nadie confiesa sin sentir vergüenza: esa en la que extrañas a quien te destruyó la autoestima a pedazos.
No es la escena heroica.
No es la que combina con los discursos de amor propio que compartimos para vernos fuertes.
Es la escena cruda, nocturna, honesta.
Esa donde admites que todavía piensas en personas que te humillaron, que te hicieron sentir pequeña, que te trataron como si fueras reemplazable. Personas a las que perdonaste más de lo que debiste. Más de una vez.
Y aun así… las extrañas.
Extrañas sus gestos.
Extrañas la versión de ti que existía cuando aún creías que esta vez sí te iban a elegir.
Extrañas lo que imaginaste que podían ser, no lo que realmente fueron.
Porque el cerebro edita. Borra el desprecio. Baja el volumen de las veces que te hablaron con frialdad. Difumina los momentos donde te hicieron sentir que no valías nada. Y deja intactos los instantes donde parecía que sí había algo real.
Volviste.
Volviste cuando ya sabías que eras una opción.
Volviste cuando ya habías sentido el golpe del “no eres prioridad”.
Volviste cuando tu dignidad ya estaba cansada de negociar.
Y no fue por debilidad. Fue porque querías. Porque apreciabas. Porque adorabas. Porque alguna vez amaste. Y cuando tú amas, no amas en pequeño. No amas con reservas. No amas a medias.
Tú dabas lo que ellas jamás habrían dado por ti.
Lealtad sin condiciones.
Respeto incluso cuando estabas herida.
Presencia constante.
Intentos reales.
Pero no era recíproco. Nunca lo fue.
Hay algo devastador en darte cuenta de que eras opción mientras tú estabas eligiendo con todo el corazón. De que eras plan alternativo mientras tú estabas construyendo planes definitivos.
Y aun así, las extrañas.
En estos dos años conociste a muchas personas. Algunas solo fueron tránsito. Otras dejaron marcas suaves. Pero hubo dos. Dos que no solo dejaron huella: dejaron cicatriz.
A una la llevas tatuada como la palabra “verdad” en el hombro.
Porque eso fue lo que faltó.
Verdad en las palabras.
Verdad en las intenciones.
Verdad cuando miraba a los ojos y prometía cosas que no pensaba sostener.
La llevas como “verdad” porque te enseñó lo que ocurre cuando alguien no la practica. Porque te hizo sentir confundida, cuestionando tu percepción, dudando de tu memoria. Porque te hizo creer que estabas exagerando cuando en realidad estabas percibiendo incoherencias.
Esa palabra arde. No como amor. Como aprendizaje.
Y a la otra la llevas tatuada como “bendecida” en la espalda.
Bendecida no por lo que fue, sino por lo que te obligó a convertirte. Bendecida porque después de tocar fondo, entendiste que salir de ahí fue una protección. Bendecida porque su ausencia fue, aunque no lo pareciera en ese momento, una forma de salvación.
La llevas en la espalda porque fue una carga que soportaste más tiempo del que debías. Porque te inclinaste emocionalmente para sostener algo que no se sostenía solo. Porque te doblaste intentando que funcionara.
Y cuando finalmente se cayó, te diste cuenta de que no era pérdida… era liberación.
Extrañarlas no significa que quieras regresar.
Extrañarlas no significa que olvidaste cómo te hicieron sentir.
Significa que alguna vez fueron importantes.
Y eso es lo que duele.
Duele haber amado a quien no sabía amar de vuelta. Duele haber dado lealtad a quien solo sabía ofrecer intermitencia. Duele haber sido profunda con quien vivía en la superficie.
Pero también hay algo poderoso en reconocerlo.
Porque ahora sabes que no naciste para ser opción. No naciste para rogar coherencia. No naciste para competir por atención. No naciste para aceptar migajas emocionales mientras entregas banquetes completos.
Extrañarlas es humano.
No volver es crecimiento.
Esas dos palabras tatuadas en tu piel no son homenajes a ellas. Son recordatorios para ti.
Recordatorio de que mereces verdad.
Recordatorio de que estás bendecida por haber salido de donde no te valoraban.
Quizá siempre habrá una punzada cuando pienses en lo que pudo ser. Pero también habrá una certeza más fuerte: puedes amar profundamente y aun así aceptar que alguien no te merece.
Y eso… eso es elegirte por fin.














