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    Mientras mirábamos los peces

    Nathalia Alt by Nathalia Alt
    4 octubre, 2026
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    by Lauren A. Altamira

    For my darling.

     

    Siempre he pensado que salir de mi zona de confort es una de esas cosas que suenan mucho más fáciles cuando las dice alguien más.

    “Anímate.” “Haz algo diferente.” “Viaja.” “Déjate llevar.”

    Claro.

    Como si mi cerebro no tuviera una junta de emergencia cada vez que algo se sale de lo que conozco.

    A mí me cuesta. Me cuesta muchísimo.

    Me gusta saber qué va a pasar, dónde voy a estar, qué voy a comer, cuánto tiempo tengo, cómo voy a regresar y, si es posible, tener un pequeño plan B por si el plan A decide arruinarse. Por eso este viaje fue, en cierta forma, un experimento.

    Un viaje de hermanas. Mi hermana mayor lo planeó todo. Y yo… simplemente fluí. Y para alguien como yo, eso ya es bastante decir.

    Ella decidió los lugares, los horarios, las playas, los recorridos, las cosas que íbamos a conocer. Y yo me subí al viaje.

    Sin controlar demasiado. Sin intentar cambiarlo todo. Sin preguntarme a cada rato si estábamos haciendo lo correcto.

    Solo fui.

    Y terminé conociendo tantas playas en tan poco tiempo que todavía no sé cómo mi cuerpo sigue funcionando después de tanta arena, sol y caminata. Bueno… mi cuerpo quizá sí sabe. Porque terminé hecha carbón.

    Pero supongo que ese es un pequeño precio que una paga por recordar que también puede vivir fuera de lo que conoce.

    Conocí lugares que nunca pensé conocer. Vi paisajes que probablemente mi versión de hace algunos años ni siquiera habría imaginado. Me metí al mar. Vi peces. Estuve en una laguna. Hice cosas que quizá no habría elegido por mi cuenta.

    Y descubrí algo que me parece todavía más importante: puedo fluir.

    No todo tiene que estar bajo mi control. No todo necesita una explicación. No todo tiene que salir exactamente como lo imaginé para que pueda ser bonito.

    Y quizá lo más curioso fue darme cuenta de que mientras estaba lejos, muchas de las cosas que normalmente ocupan espacio en mi cabeza dejaron de parecer tan importantes.

    Problemas. Pendientes. Personas. Situaciones que en mi día a día parecen enormes.

    Allá, de pronto, eran pequeñas. Tan pequeñas que podía verlas desde lejos y pensar:

    “¿De verdad estaba dejando que esto me quitara tanta paz?”

    Y creo que necesitaba esa distancia.

    A veces no necesitamos resolver nuestros problemas. Necesitamos dejar de mirarlos durante un rato.

    Porque cuando vuelves a respirar, cuando duermes bien, cuando ves el mar y recuerdas que existe un mundo muchísimo más grande que aquello que te estaba quitando el sueño, algunas cosas vuelven a su tamaño real.

    Y entonces entendí que quizá no todo era un problema.

    Quizá algunas cosas solamente eran importantes porque yo había decidido darles demasiada importancia.

    Pero hubo algo de este viaje que no estaba en el itinerario. Algo que no podía haber planeado. Aprender a estar sola con mi hermana.

    Porque hay una diferencia enorme entre conocer a alguien toda tu vida y realmente conocerlo.

    Yo conozco a mi hermana. O eso creía.

    La conozco como mi hermana mayor. Como la mujer que ha crecido conmigo. Como alguien que tiene su propia vida, sus responsabilidades, sus preocupaciones, sus decisiones.

    Pero durante este viaje volví a verla de otra manera. Y de repente recordé que antes de ser esa mujer adulta… era una niña.

    La niña que jugaba conmigo. La niña que se emocionaba con las mismas cosas que yo. Y quizá nunca dejó de serlo.

    Solo que a veces necesitamos salir de nuestra rutina para volver a verla.

    La vi emocionarse cuando encontramos peces en una laguna. La vi hacer snorkel aunque no le gustaba tanto, simplemente porque pensó que a mí me iba a gustar.

    Y no sé por qué, pero ese detalle me tocó especialmente. Porque hay personas que te quieren diciendo “te quiero”. Y hay otras que te quieren haciendo cosas.

    Y descubrí que nosotras somos de esas.

    Comió de acuerdo con lo que yo podía comer porque sabe que me cuido. Me acompañó. Se adaptó. Me tomó fotografías sin que yo me diera cuenta. Y sé que probablemente tengo cientos de fotos que ella tomó mientras yo estaba viendo el paisaje, caminando o simplemente existiendo.

    Porque así es ella.

    Ama a los perritos tanto como yo. Se emociona con ciertas cosas. Le encanta hacerme reír. Y yo descubrí que me encanta verla reír.

    Qué extraño es crecer con alguien y, de pronto, darte cuenta de que todavía hay partes de esa persona que no conocías. O quizá sí conocías. Quizá solamente habías olvidado mirarlas.

    Hubo un momento en el viaje en el que le dije “te amo”. Y después se lo volví a decir. Y otra vez. Y otra. Hasta que llegó un punto en el que ella simplemente me miraba con una sonrisa.

    Como diciendo: “Sí, ya sé.”

    Y qué bonito que exista alguien a quien puedas decirle “te amo” tantas veces que ya ni siquiera necesitas una respuesta.

    Porque hay amores que no necesitan grandes discursos.

    Están en compartir comida. En tomar fotografías. En caminar juntas. En hacer snorkel aunque no te guste. En emocionarse por los peces. En reírse de cualquier tontería. En saber cómo cuidar al otro sin que tenga que pedirlo.

    Y creo que este viaje me enseñó algo que no esperaba aprender: que salir de mi zona de confort no siempre significa irme sola a un lugar desconocido y convertirme en una versión completamente nueva de mí.

    A veces salir de tu zona de confort significa dejar que alguien más tome el volante.

    Decir “tú planea”. Dejarte sorprender.

    Aceptar que no sabes qué viene después. Y descubrir que, mientras tú estabas tan preocupada por controlar la vida, la vida estaba intentando enseñarte a disfrutarla.

    También me enseñó que descansar no siempre significa dormir. A veces descansar es dejar de pensar en aquello que te preocupa. Es pasar unos días sin resolver nada. Es mirar el mar y entender que el mundo sigue girando aunque tú no estés pendiente de todo.

    Es reírte. Es caminar. Es comer. Es conocer. Es estar.

    Y quizá, sobre todo, es recordar quiénes somos cuando nadie nos está pidiendo que seamos otra cosa.

    Por eso este viaje se convirtió en uno de los mejores de mi vida.

    No solamente por las playas. No solamente por los lugares que conocí. No solamente porque durante unos días pude escapar de aquello que llamaba problemas y que, ahora que lo pienso con un poco más de calma, quizá no eran tan grandes como yo creía.

    Fue uno de los mejores viajes de mi vida porque pude conocer un poquito más a mi hermana. Porque pude verla como mujer y, al mismo tiempo, volver a verla como la niña que jugaba conmigo. Porque pude estar sola con ella y descubrir que no necesitábamos hacer demasiado para pasarla bien. Porque pude decirle “te amo” tantas veces como quise. Y porque, aunque probablemente ella jamás lo sepa del todo, hubo momentos en los que la miré y pensé:

    qué suerte tengo.

    Qué suerte tener una hermana que me conoce. Que me cuida. Que se adapta a mí. Que me hace reír. Que me toma fotos sin que me dé cuenta. Que ama a los perros. Que se emociona con los peces. Que hace snorkel aunque no le guste porque pensó que a mí sí.

    Qué suerte tener a alguien con quien puedo viajar y descubrir que, después de tantos años, todavía podemos descubrirnos.

    Y sí. Me siento más ligera. Con algunas preocupaciones menos. Con muchas fotografías. Con recuerdos que probablemente voy a repetir durante años. Y con un bronceado que, siendo honestas, ya pasó directamente a ser carbón.

    Pero también regresé con algo mucho más importante:

    la certeza de que quizá salir de mi zona de confort no sea tan terrible cuando al otro lado hay una playa, una aventura y una hermana que está dispuesta a hacer snorkel solo porque tú querías hacerlo.

    Así que sí.

    Este viaje me sacó de mi rutina. Me hizo soltar el control. Me hizo conocer lugares nuevos. Me hizo descansar de problemas que quizá no eran problemas.

    Pero, sobre todo, me recordó algo que a veces se nos olvida cuando crecemos: que algunas personas que llevamos toda la vida conociendo todavía pueden sorprendernos.

    Y que quizá crecer no significa dejar atrás a la niña que fuimos.

    A veces significa volver a encontrarla… en la persona que estuvo jugando contigo desde el principio.

    Y si algún día me preguntan cuál ha sido uno de los mejores viajes de mi vida, probablemente diga este.

    El viaje en el que salí de mi zona de confort. El viaje en el que conocí playas hermosas. El viaje en el que me hice carbón.

    Pero, sobre todo… el viaje en el que volví a conocer a mi hermana.

    Y confirmé algo que, en realidad, ya sabía: no pude haber tenido una mejor.

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    Nathalia Alt

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