by Lauren A. Altamira
Siempre he sido una persona con demasiada imaginación. A veces creo que demasiada. Puedo estar sentada en cualquier lugar y, sin demasiado esfuerzo, comenzar a imaginar otra vida.
Un departamento en otra ciudad. Un trabajo que me permita despertar sin odiar los lunes. Una computadora frente al mar. Un café por la mañana. Un jefe que entienda que las emergencias laborales no deberían existir a las tres de la mañana. Una vida completamente distinta a la que estoy viviendo.
Y durante mucho tiempo pensé que eso era algo bueno. Después de todo, ¿qué tiene de malo imaginar?
Nada.
Creo que el problema comienza cuando la imaginación deja de ser una ventana y se convierte en una habitación en la que decides quedarte. Porque sí, qué bonito es imaginar que estás en la playa mientras estás sentada frente a una computadora en un trabajo que odias. Qué bonito es pensar que algún día tendrás el dinero suficiente para viajar, para vivir donde quieras, para trabajar en algo que realmente te guste. Qué bonito es imaginarte siendo una versión de ti que tiene todo resuelto.
El problema es cuando llega el lunes, y después el martes, y después el miércoles, y sigues exactamente en el mismo lugar. Esperando que algún día esa vida aparezca por accidente.
Y entonces me pregunto: ¿Cuándo dejamos de soñar con una vida diferente y empezamos a utilizar nuestros sueños para soportar la vida que no queremos?
Porque hay una diferencia enorme. Soñar debería darte dirección, no debería darte una excusa para quedarte quieto.
Durante mucho tiempo yo viví así. En una zona de confort que, si soy completamente honesta, era bastante horrible, pero era cómoda. Y esa es la parte peligrosa del confort: no necesita ser bonito para que te acostumbres a él. Yo no pagaba una renta. Tenía a mi familia cerca. Mi trabajo me alcanzaba para lo justo y necesario. No tenía demasiadas responsabilidades que me obligaran a salir de ahí. Y, desde afuera, probablemente parecía que estaba bien.
Pero había algo que no estaba bien.
Yo.
Porque estaba cómoda al borde del abismo.
Y supongo que una puede pasar muchísimo tiempo ahí sin darse cuenta de que ya está demasiado cerca de caer. Hasta que un día te miras y no te gusta demasiado lo que ves. No porque hayas cambiado físicamente. Sino porque empiezas a reconocer pequeñas cosas que antes no estaban.
La desorganización. La falta de dirección. La necesidad constante de encontrar amor en personas que no sabían cómo quererte. La facilidad con la que confiabas en personas que se llamaban tus amigos, aunque sus acciones dijeran algo completamente diferente. Los excesos convirtiéndose poco a poco en una rutina.
Y ese trabajo… Ese trabajo que alguna vez pensaste que te ayudaría a construir el sueño que tenías, terminó convirtiéndose simplemente en un trabajo.
Y qué peligroso es cuando algo que comenzó como parte de tu sueño termina siendo solamente aquello que haces para sobrevivir. Creo que ese fue uno de los momentos más incómodos de mi vida. Dar la vuelta y descubrir que llevaba demasiado tiempo esperando que mi vida cambiara sin hacer demasiado para cambiarla.
Yo imaginaba muchísimo, pero hacía muy poco.
Y es curioso porque en mi cabeza ya vivía en esa otra vida. Ya tenía los proyectos. Ya tenía los viajes. Ya tenía la libertad. Ya sabía cómo quería sentirme. Solamente me faltaba hacer algo al respecto. Y quizá eso sea lo más cruel de tener mucha imaginación. Que puedes construir una vida entera en tu cabeza sin tener que enfrentarte a lo difícil que es construirla en la realidad.
Puedes imaginarte renunciando, pero no renuncias. Puedes imaginarte emprendiendo, pero no empiezas. Puedes imaginarte viviendo sola, pero no te atreves a salir de casa. Puedes imaginarte enamorándote de alguien que sí te quiera bien, pero sigues regresando a la misma persona que te hace daño. Puedes imaginarte siendo una persona diferente, pero sigues haciendo exactamente las mismas cosas que te mantienen donde estás.
Y un día despiertas y te das cuenta de que llevas años imaginando el mismo futuro. Eso fue lo que me pasó. Hasta que entendí algo bastante sencillo: ¿Y si no tuviera que imaginarlo?
¿Y si esa vida que tanto me gustaba visitar en mi cabeza no era una fantasía? ¿Y si solamente era una posibilidad?
Porque la verdad es que muchas de las cosas que imaginaba eran posibles. No fáciles. No inmediatas, pero posibles.
Y ahí estaba la diferencia. Yo no necesitaba dejar de soñar. Necesitaba empezar a moverme.
Así que empecé.
No con una gran transformación cinematográfica. No hubo música de fondo. No desperté un lunes siendo una persona completamente nueva.
Fueron decisiones pequeñas. Incómodas. Algunas bastante dolorosas, pero comenzaron a cambiar mi vida.
Aprendí a estar sola. Aprendí a organizarme. Aprendí a alejarme de personas que no me hacían bien. Aprendí a dejar de buscar amor donde solamente encontraba ansiedad. Aprendí que no todo el mundo que se llama tu amigo merece conocer todas tus partes. Aprendí a tomarme en serio mis propios sueños. Y, sobre todo, aprendí que mi vida no iba a cambiar solamente porque yo pudiera imaginarla perfectamente.
Tenía que hacer algo.
Y creo que eso es lo que quisiera decirte si estás leyendo esto desde un lugar en el que tampoco te gusta demasiado la vida que estás viviendo.
No dejes de imaginar. Por favor, no lo hagas.
Imaginar una vida diferente puede ser precisamente la primera señal de que sabes que mereces algo diferente, pero no te quedes ahí. No conviertas tu imaginación en el lugar donde vas a esconderte cada vez que la realidad se vuelve incómoda.
Porque quizá ese departamento que imaginas sí existe. Quizá ese trabajo sí existe. Quizá esa ciudad sí existe. Quizá esa versión de ti que parece tan lejana está mucho más cerca de lo que crees, pero no va a venir a buscarte. Y tal vez nadie va a tocar tu puerta para decirte que ya es momento.
A veces tenemos que ser nosotros quienes abramos la puerta, incluso con miedo. Incluso sin saber exactamente qué hay del otro lado. Porque un día puedes descubrir que aquello que durante años imaginaste no era una fantasía. Era una dirección. Y quizá el verdadero riesgo nunca fue soñar demasiado. Fue acostumbrarte tanto a soñar que olvidaste vivir.
Yo no quiero volver ahí. No quiero volver a ser esa persona que estaba cómoda únicamente porque no sabía qué más hacer. No quiero una vida que solamente me alcance para sobrevivir. No quiero que mis sueños sean algo que pienso antes de dormir y olvido cuando despierto.
Quiero hacerlos. Quiero equivocarme haciéndolos. Quiero fracasar y volver a intentarlo. Quiero descubrir que algunas de las cosas que imaginé nunca eran para mí y encontrar otras que jamás se me ocurrieron.
Porque quizá crecer también consiste en eso.
En dejar de preguntarte “¿y si algún día?” Y comenzar a preguntarte: “¿Qué puedo hacer hoy para acercarme?” Y tal vez esa sea la diferencia entre una fantasía y un proyecto.
Una vive solamente en tu cabeza. La otra empieza a ocupar espacio en tu vida.
Así que sí. Voy a seguir imaginando. Voy a seguir soñando despierta. Voy a seguir teniendo conversaciones conmigo misma sobre vidas que todavía no conozco. Porque esa parte de mí me gusta. Solo que ahora quiero hacer algo diferente. Quiero que, algún día, cuando vuelva a imaginarme frente al mar, con mi computadora abierta y esa vida que durante tanto tiempo parecía imposible… pueda detenerme un segundo y pensar:
“Qué raro. Esto antes solamente lo imaginaba.”













