by Lauren A. Altamira
Para la niña que adoro como mi hermanita pequeña.
Hay algo que he estado pensando últimamente sobre el amor. Y no, no hablo de ese amor de película donde dos personas corren bajo la lluvia, se encuentran en el aeropuerto cinco minutos antes de que el avión despegue y, de alguna manera, todo termina bien.
Hablo del otro. Del amor que se queda después de que la relación terminó.
Del amor que se convierte en costumbre, en nostalgia, en mensajes a las dos de la mañana, en revisar si esa persona está en línea y, algunas veces, en una especie de guerra silenciosa en la que ninguno de los dos quiere estar, pero ninguno sabe cómo salir.
Y mientras pensaba en eso, me pregunté:
¿En qué momento dejamos de amar a una persona y empezamos a querer poseer el lugar que ocupa en nuestra vida?
Porque hay una diferencia. Una bastante importante. Y quizá tú que estás leyendo esto sabes exactamente de qué estoy hablando. Quizá tienes a alguien a quien no quieres dejar ir. Quizá terminaron hace meses, o años, pero todavía encuentras una razón para volver. Una conversación pendiente. Una canción. Un recuerdo. Una fecha. Un “¿cómo has estado?” que aparentemente no significa nada, pero termina abriendo una puerta que ambos habían intentado cerrar.
Y vuelven. Otra vez. Y después se lastiman. Otra vez. Y vuelven a separarse. Hasta que alguno extraña al otro lo suficiente para repetir la historia. Y entonces me pregunto: ¿realmente están intentando volver o solamente están intentando no perderse? Porque no es lo mismo.
Hay personas que permanecen en nuestra vida porque todavía existe amor. Y hay otras que permanecen porque tenemos miedo de descubrir quiénes somos cuando finalmente dejamos de esperarlas Y quizá ese sea el verdadero problema.
Que no sabemos soltar. No porque seamos malos. No porque no queramos al otro. Sino porque pensamos que dejarlo ir significa aceptar que alguien más podría hacerlo feliz. Y eso, aunque nos cueste admitirlo, puede doler muchísimo.
Pero déjame preguntarte algo. Si amas tanto a una persona, ¿por qué querrías verla infeliz solamente para poder seguir formando parte de su vida? Si sabes que contigo ya no está bien, ¿por qué seguir sosteniéndolo? Y si tú tampoco eres feliz, ¿qué demonios estamos defendiendo?
Porque a veces creemos que estamos luchando por amor cuando, en realidad, estamos luchando contra una pérdida. Y en esa lucha terminamos involucrando a personas que ni siquiera tienen la culpa.
Una nueva pareja. Una nueva historia. Una persona que llega con buenas intenciones y termina pagando las consecuencias de una relación que nunca terminó emocionalmente. Y ahí es cuando el amor deja de ser solamente triste. Se vuelve injusto.
Porque nadie merece convertirse en el personaje secundario de una historia que dos personas se niegan a terminar. Tal vez él ya quiere ser feliz. Tal vez ella también. Tal vez los dos podrían encontrar una vida completamente distinta si dejaran de seguir mirando hacia atrás. Pero siguen ahí. Tirando de ese hilo. Uno hacia un lado. El otro hacia el contrario. Y cada vez que tiran, la tela se rompe un poquito más.
Entonces quizá la pregunta no sea: “¿Todavía lo amas?”
Quizá la pregunta correcta sea: “¿Lo amas lo suficiente para dejarlo ser feliz, aunque esa felicidad no sea contigo?”
Porque amar también es eso. Y sé que suena horrible. Sé que probablemente estés pensando que es muy fácil decirlo cuando no eres tú quien tiene que soltar. Pero créeme, no lo es. Soltar a alguien que amas no tiene absolutamente nada de fácil. Yo no creo que soltar sea una decisión que tomas un martes por la tarde y al miércoles despiertas completamente curada.
Ojalá.
Creo que soltar es una decisión que tomas todos los días. Cada vez que decides no escribir. Cada vez que decides no buscar una excusa. Cada vez que aceptas que esa persona tiene derecho a reconstruir su vida. Cada vez que te permites imaginar un futuro en el que ya no está. Y sí, al principio se siente como perder. Pero después empiezas a darte cuenta de algo. Que también estabas perdiendo mientras intentabas quedarte.
Perdías tranquilidad. Perdías tiempo. Perdías oportunidades. Y, sobre todo, te estabas perdiendo a ti.
Hay algo que la vida me ha enseñado de una manera bastante insistente: las personas llegan y se van. Algunas se quedan durante muchísimo tiempo. Otras apenas alcanzan a tocar una parte de nuestra historia. Pero eso no hace menos importante el tiempo que compartimos. Quizá algunas personas solamente están destinadas a acompañarnos durante una parte del camino.
Y eso no significa que el camino haya sido menos bonito.
Significa que era eso. Una parte. No todo. Y sé que cuando estás enamorado parece imposible imaginar a alguien más. Piensas que nadie volverá a hacerte sentir así. Que nadie te entenderá. Que nadie tendrá esa mirada, esa voz, esa manera de abrazarte. Pero la vida tiene una costumbre maravillosa de aparecer con personas que jamás habíamos imaginado.
Personas que llegan cuando ya no las estamos buscando. Personas que no necesitan ser perseguidas. Personas con las que el amor no se siente como una batalla. Y quizá nunca conozcas a ninguna de ellas si sigues ocupando todo el espacio de tu corazón con alguien que ya no está destinado a quedarse.
Entonces, si estás leyendo esto y sabes exactamente de quién hablo, quiero decirte algo. No necesitas dejar de amarlo para dejarlo ir. Puedes llorarlo. Puedes extrañarlo. Puedes quererlo todavía. Puedes recordar todo lo bonito y agradecer haberlo vivido. Pero también puedes aceptar que terminó.
Y quizá, aunque hoy parezca imposible, algún día puedas mirarlo desde lejos y sentir algo distinto a ese nudo en el estómago. Quizá puedas verlo feliz y no sentir que te quitaron algo. Quizá puedas verlo con alguien más y pensar: “Qué bueno que encontró su lugar.” Y quizá él pueda pensar exactamente lo mismo de ti.
Porque ¿no sería eso también una forma de amor? Dejar de exigirle a alguien que se quede solamente porque tú todavía no sabes cómo dejarlo ir.
La vida es demasiado corta para pasarla esperando que alguien regrese. Demasiado corta para seguir entrando y saliendo de la misma relación hasta destruir todo lo bonito que alguna vez existió. Y demasiado corta para hacerle daño a otras personas solamente porque nosotros todavía no sabemos cerrar una historia.
Así que hoy quiero hacerte una pregunta. Una de esas preguntas que quizá no quieras responder. ¿Quieres a esa persona o quieres seguir teniendo acceso a ella?
Porque tal vez la respuesta cambie todo.
Y si realmente la amas… quizá sea momento de abrir la mano.
Dejar caer la cuerda. Dejar que se vaya. Dejar que sea feliz. Y, por primera vez en mucho tiempo, permitirte ser feliz tú también. Quién sabe. Tal vez perder a esa persona no sea el final de tu historia. Tal vez sea simplemente la escena después de la cual, por fin, comienza la vida que llevabas tanto tiempo posponiendo.













