By Lauren A. Altamira
Hay decisiones que empiezan casi por accidente.
Como decir “voy a ir al gym”… cuando en realidad lo que quieres es dejar de sentir ese ruido en la cabeza. No por disciplina, no por estética, no por un plan bien armado. Solo por sobrevivir un poco mejor el día.
Yo era esa persona. La que decía que el gym no era lo suyo. La que encontraba mil excusas. La que pensaba que eso era para “otro tipo de gente”.
Hasta que un día fui. Y no fue mágico. No salí amando el ejercicio ni sintiéndome otra persona. Pero pasó algo pequeño… y suficiente: por una hora, mi mente se quedó en silencio. Y eso bastó para regresar.
Al principio era así. Ligero. Sin presión. Iba por diversión, por distraerme, por sentirme un poco mejor. No contaba repeticiones, no tenía objetivos claros. Solo me movía. Y en ese movimiento… algo empezó a cambiar. No afuera. Adentro.
Pero como muchas cosas en la vida, no todo fue lineal. Porque mientras intentaba encontrar estabilidad en el gym… también me perdí un poco en otros lugares.
Salidas que se alargaban. Copas que dejaban de ser ocasionales. Noches que se sentían intensas… pero vacías al día siguiente. Era como vivir en dos versiones. La que entrenaba y quería estar bien. Y la que se desbordaba tratando de llenar algo que no sabía nombrar.
Y eso también cansa. Porque llega un punto donde ya no puedes sostener ambas. Y ahí fue donde algo hizo clic. No de forma dramática. No fue un “ya nunca más”. Fue más honesto que eso. Fue un “ya no quiero sentirme así”. Y entonces regresé. Pero no como antes.
Regresé con intención. Con una dieta en volumen, con estructura, con objetivos. Empecé a comer diferente, a entrenar diferente, a verme diferente. Y por primera vez, el cambio físico empezó a ser evidente.
Más fuerza. Más energía. Más presencia en mi propio cuerpo. Pero también más compromiso. Y ese compromiso… cambió todo.
Porque ya no era solo ir por ir. Empecé a entrenar pesado. A exigirme. A descubrir que mi cuerpo podía más de lo que yo creía. Que había una versión de mí que no conocía… y que estaba esperando ser construida.
Y con eso vinieron más cambios. En mi carácter. En mi disciplina. En la forma en la que me hablaba. Porque el gym no solo te transforma físicamente. Te confronta. Te enseña lo que haces cuando estás cansado. Cuando quieres rendirte. Cuando nadie te está viendo. Y ahí es donde realmente cambia algo.
Después vino la recomposición. Ese punto donde ya no todo es tan rápido. Donde tienes que ser paciente. Donde entiendes que no se trata solo de hacer más… sino de hacer mejor.
De ajustar. De escuchar. De respetar procesos. Y ahora… ahora estoy en déficit. Y sí, suena técnico, estructurado, hasta frío. Pero lo que hay detrás… no lo es.
Hay días de cansancio. Días donde el humor cambia. Días donde el cuerpo pesa distinto. Días donde la mente se pone más sensible. Pero también hay algo que antes no tenía: claridad.
Porque ahora sé por qué lo hago. No es solo por verme mejor. Es por todo lo que construí en el camino. Por esa persona que empezó sin ganas, solo buscando silencio en su cabeza… y que hoy se sostiene con disciplina, con hábitos, con decisiones que antes no sabía tomar.
Y hay algo profundamente poderoso en eso.
En saber que no elegiste el camino fácil. Que te perdiste, sí. Que te desordenaste, también. Que no siempre lo hiciste perfecto. Pero regresaste. Te acomodaste. Y seguiste.
Porque al final, nunca fue solo el gym. Fue aprender a no abandonarte. Fue entender que puedes cambiar. Que puedes reconstruirte. Que puedes elegirte una y otra vez… incluso después de haberte perdido.
Y hoy, cuando me veo, no solo veo cambios físicos. Veo historia. Veo esfuerzo. Veo decisiones. Veo versiones de mí que hicieron lo que pudieron… para que yo hoy esté aquí.
Y la verdad… estoy orgullosa. No del resultado actual, sino del proceso. De todo lo que implicó llegar hasta aquí. De haber elegido un camino distinto. Uno que no siempre fue fácil… pero sí fue mío.













