by Lauren A. Altamira
Hay muchas formas de perderse.
Algunas son silenciosas, elegantes, casi invisibles. Otras son caóticas, intensas, imposibles de ignorar. Pero en el fondo… muchas nacen del mismo lugar: no saber qué hacer con lo que sentimos.
A veces huimos disfrazándolo de encanto.
A veces nos defendemos disfrazándolo de poder.
Y sin darnos cuenta, empezamos a construir versiones de nosotros que nos protegen… pero también nos alejan.
Un poco como Howl y Loki.
Dos extremos.
Dos formas distintas de romperse.
Dos reflejos incómodamente humanos.
Howl es el arte de evadir.
Es esa parte de nosotros que prefiere desaparecer antes que confrontar. Que se envuelve en belleza, en creatividad, en encanto… para no quedarse demasiado tiempo en un mismo lugar.
Porque quedarse implica sentir.
Y sentir implica aceptar que hay cosas que duelen más de lo que queremos admitir.
Howl ama, sí. Pero también huye.
Huye cuando las cosas se vuelven reales. Cuando el amor deja de ser ligero y empieza a requerir presencia, compromiso, responsabilidad emocional.
Y entonces cambia de forma, de dirección, de enfoque… lo que sea necesario para no enfrentarse a sí mismo.
Y si somos honestos, todos hemos sido un poco Howl.
Cuando evitamos conversaciones incómodas.
Cuando llenamos nuestra agenda para no pensar.
Cuando preferimos distraernos en lugar de procesar.
Porque evadir se siente más fácil que sostener.
Pero luego está Loki.
Loki no huye… Loki reacciona.
Es esa parte de nosotros que se construyó desde la herida. Desde la comparación constante, desde la sensación de no ser suficiente, de no ser elegido, de no encajar en el lugar donde se suponía que debía hacerlo.
Loki no necesita desaparecer.
Necesita demostrar.
Demostrar que vale.
Que puede.
Que merece un lugar.
Aunque eso implique manipular, controlar, herir o ponerse una máscara que lo haga parecer más fuerte de lo que realmente se siente.
Y otra vez… es incómodo admitirlo, pero también hemos estado ahí.
Cuando buscamos validación en exceso.
Cuando reaccionamos desde el ego herido.
Cuando intentamos llenar vacíos con reconocimiento externo.
Porque sentirse insuficiente puede ser más doloroso que perderse.
Y entonces, entre Howl y Loki, aparece algo que casi nadie nos enseña a ver:
No somos solo lo bonito que mostramos.
Tampoco somos solo lo roto que escondemos.
Somos ambas cosas coexistiendo.
Somos la parte que huye… y la parte que se defiende.
La que ama… y la que tiene miedo de no ser suficiente.
La que quiere quedarse… y la que está lista para irse en cuanto algo incomoda.
Y el problema no es tener esas partes.
El problema es vivir sin cuestionarlas.
Porque cuando no las miramos, nos dominan.
Nos volvemos expertos en escapar como Howl, o en reaccionar como Loki, sin darnos cuenta de que ambas cosas nacen del mismo lugar: una falta de conexión con nosotros mismos.
Pero aquí es donde todo cambia.
Porque no estamos condenados a ser ninguna de esas versiones para siempre.
Podemos elegir.
Elegir quedarnos cuando queremos huir.
Elegir respirar antes de reaccionar.
Elegir dejar de usar el pasado como escudo y empezar a usarlo como aprendizaje.
Podemos aprender a sentir sin escapar.
A reconocer nuestras heridas sin convertirlas en armas.
A construirnos desde la conciencia, no desde el impulso.
Y eso… es lo más difícil de todo.
Porque implica responsabilidad.
Implica dejar de culpar a lo que nos pasó y empezar a hacernos cargo de lo que hacemos con eso.
Implica mirarnos sin filtros.
Aceptar que sí, a veces evitamos lo que duele.
Que sí, a veces lastimamos desde nuestras propias inseguridades.
Que sí, a veces no somos la mejor versión de nosotros.
Pero también aceptar algo igual de importante:
Que podemos cambiar.
No de un día para otro.
No de forma perfecta.
No sin recaídas.
Pero sí de forma consciente.
Porque al final, no somos Howl.
No somos Loki.
Somos algo más complejo.
Somos la suma de nuestras luces y nuestras sombras…
pero también la decisión constante de qué hacemos con ellas.
Y tal vez crecer no se trata de dejar de tener miedo, ni de dejar de sentirnos insuficientes, ni de dejar de querer huir.
Tal vez crecer se trata de quedarnos de todos modos.
De elegirnos incluso cuando es incómodo.
De construir una versión más honesta de nosotros mismos, aunque no sea la más fácil.
Porque al final… no se trata de quién eres cuando todo está bien.
Se trata de quién decides ser cuando todo dentro de ti quiere escapar.













