Arturo Moreno Baños
El Tlacuilo
La historia nos deja constancia que no por que los padres sean unos grandes seres humanos necesariamente los hijos seguiran los mismos pasos.
El caso del unico hijo varón, sobreviviente, de Benito Juárez y Margarita Maza que no dejo una huella imborrable como sus padres.
Benito Luis Narciso Juárez Maza nació el 29 de octubre de 1852 en Oaxaca, hijo del presidente Benito Juárez García y Margarita Maza. Fue el único hijo varón que sobrevivió a la infancia, pues sus hermanos José y Antonio murieron durante el exilio de la familia en Nueva York en tiempos del Imperio de Maximiliano. Creció en un ambiente profundamente marcado por la figura paterna, rodeado principalmente de mujeres y bajo la influencia de sus cuñados, como Pedro Santacilia, amigo cercano de Juárez.
Su infancia estuvo atravesada por los conflictos nacionales: vivió el exilio en Estados Unidos y retornó a México cuando triunfó la República en 1867. La muerte de su madre en 1871 y la de su padre en 1872 lo dejaron huérfano antes de cumplir 20 años, marcando profundamente su carácter y su identidad pública.
Educado parcialmente en Estados Unidos durante el exilio y después en la Escuela Nacional Preparatoria, Juárez Maza inició estudios de abogacía, aunque no los concluyó. Como muchos hijos de figuras políticas prominentes, ingresó a la masonería: fue iniciado en la logia Toltecas n.º 8 en 1875, alcanzando posteriormente grados altos dentro de la orden.
Desde joven se vinculó a la diplomacia. Sirvió como:
• Secretario particular en el Ministerio de Relaciones Exteriores
• Secretario en la embajada mexicana en Washington
• Primer secretario en las embajadas de París y Berlín
Durante su estancia diplomática en París conoció a la francesa María Rosalie Klerián, con quien contrajo matrimonio en 1888, aunque el matrimonio no tuvo descendencia.
Pese a que Porfirio Díaz había combatido políticamente a Benito Juárez mediante el Plan de la Noria (1871), ya como presidente reconoció el peso simbólico del Benemérito de las Américas. Esto llevó a que protegiera a Juárez Maza, quien se volvió un elemento útil para dar legitimidad al régimen porfirista, tanto por su apellido como por su moderada oposición dentro del Partido Democrático.
El hijo de Juárez fue diputado federal y, aunque no poseía la talla política de su padre, sus nombramientos dentro del servicio exterior y la administración pública fueron constantes. Su papel político se caracterizó por una presencia discreta, pero estratégicamente valiosa para quienes buscaban apoyarse en el prestigio familiar juarista.
En términos personales, algunas fuentes lo describen como un hombre que, en ocasiones, utilizaba el nombre de su padre para obtener ventajas y firmaba simplemente como “Benito Juárez”, omitiendo el “Maza”.
Fue hasta 1911, con la renuncia de Porfirio Díaz y en el contexto del gobierno maderista, que Benito Juárez Maza logró el cargo que más deseaba: la gubernatura de Oaxaca. Su administración, sin embargo, duró apenas siete meses: del 23 de septiembre de 1911 al 21 de abril de 1912.
Como gobernador, su figura simbolizaba un puente entre el pasado liberal juarista y el nuevo movimiento democrático que Francisco I. Madero intentaba consolidar.
Aunque su efectividad política ha sido debatida por los historiadores, su mandato reflejó el deseo de estabilidad en un estado que, como muchos del país, experimentaba cambios acelerados.
Un dato notable es que fue el primer funcionario en introducir un aparato de reproducción cinematográfica en el Museo Nacional de Toluca, lo que demuestra cierto interés por la modernización cultural.
Benito Juárez Maza murió el 21 de abril de 1912 en Oaxaca —justo mientras ejercía la gubernatura— víctima de un infarto agudo de miocardio, a los 59 años. Fue sepultado en el Panteón Francés de la Piedad.
Su muerte ocurrió en medio de los inicios convulsos de la Revolución Mexicana, cerrando así una vida marcada tanto por la grandeza heredada como por la dificultad de forjar una identidad política propia. Su trayectoria diplomática, su papel como gobernador y la percepción ambivalente que generó entre sus contemporáneos constituyen una biografía que, más que heroica, es profundamente humana.
El análisis histórico de su vida, como demuestra la obra de Esther Acevedo, revela a un hombre que vivió “a la sombra de un nombre”, enfrentando el reto constante de estar asociado a uno de los personajes más influyentes en la historia de México.
Benito Juárez Maza no alcanzó el protagonismo político de su padre, pero desempeñó un papel relevante en la diplomacia mexicana y en la política oaxaqueña de principios del siglo XX.
Su vida simboliza el peso de la herencia histórica y el desafío de forjar un camino propio cuando el apellido que se porta pertenece a un gigante.














