by Lauren A. Altamira
Imagínate que la ves por primera vez en un lugar cualquiera. Tal vez estás distraído, mirando el celular, pensando en irte pronto. Y entonces la notas.
No hace nada extraordinario. No está buscando llamar la atención. Está de pie con esa postura firme de quien aprendió a caminar sola. Tiene una mirada que no pide permiso. Una serenidad que, si no la observas bien, podrías confundir con frialdad.
Y tú, sin saber por qué, decides mirarla un poco más.
Hasta que se ríe.
Y todo cambia.
No es una risa discreta ni calculada. Es escandalosa, luminosa, viva. De esas que te obligan a voltear aunque no quieras. De esas que rompen la formalidad del lugar y dejan claro que debajo de esa calma hay algo que arde.
Ahí empieza tu curiosidad.
La ves caminar con seguridad y piensas que nada la toca. Que es de esas personas que no necesitan a nadie. Pero luego, con el tiempo, descubres que ha gastado dinero que no le sobraba en esterilizar perros de la calle. Que se agacha en banquetas calientes para dejar comida y agua. Que le duele la crueldad del mundo más de lo que aparenta. Que se conmueve fácil… aunque intente disimularlo.
Te sorprende.
Descubres que lee hasta tarde. Que subraya frases como si estuviera tratando de entenderse a través de otros. Que se pierde en mundos de fantasía con la misma intensidad con la que vive la realidad. Que pinta cuando el ruido interno es demasiado fuerte. Que dibuja cuando no encuentra cómo explicar lo que siente.
Y aun así, un viernes cualquiera, puede arreglarse, maquillarse con precisión —cuando de niña decía que lo odiaba porque era una máscara— y salir a bailar como si el mundo no pesara nada. No porque necesite validación, sino porque aprendió a disfrutar su propia luz.
La ves entrenar con una disciplina que impresiona. Corre, suda, se exige. Hay algo casi feroz en su forma de moverse. Pero también la ves sentarse en silencio, comer despacio, respirar profundo. Descubres que ama la paz tanto como la adrenalina.
Habla de su familia con una lealtad que no negocia. Haría cualquier cosa por ellos. Pero también protege su tiempo a solas como si fuera un territorio sagrado. Necesita espacios donde nadie la toque, donde nadie la exija, donde pueda simplemente existir sin ser fuerte para nadie.
Una noche te dice que le gustan las películas de terror. Que disfruta la tensión, la oscuridad, el suspenso. Pero luego sonríe cuando habla de animación, de fantasía, de criaturas imposibles. Ahí entiendes que lo que realmente la llena es la magia. Que todavía cree en algo más grande, más luminoso.
Se queja del amor.
Dice que es complicado. Que la gente no sabe amar bien. Que está cansada de lo intermitente. Y tú la escuchas con atención, porque mientras habla con escepticismo, sus ojos delatan lo contrario. Es profundamente amorosa. Cursi en secreto. De detalles pequeños. De mensajes largos. De abrazos que duran más de lo habitual.
Empiezas a notar algo más.
Finge fuerza con naturalidad. Parece impenetrable. Pero un día, cuando la tensión sube un poco, cuando alguien levanta la voz, ves cómo se le llenan los ojos de agua. No llora de inmediato. Aguanta. Respira. Mira hacia otro lado. Se recompone. Porque aprendió a no mostrar fragilidad tan fácil.
Es leal. Intensamente leal. Está cuando la necesitan. Escucha. Resuelve. Acompaña. Pero también descubres que si le fallas de verdad, no hará escándalo. No suplicará. No dramatizará. Simplemente dejará de mirarte como antes. Y esa ausencia será definitiva.
Es segura de sí misma. Lo notas en cómo camina, en cómo habla. Pero cuando le haces un cumplido sobre su personalidad —sobre su inteligencia, su sensibilidad, su forma de ver el mundo— se sonroja más que si le hablaras de su cuerpo. Porque lo físico lo ha escuchado muchas veces. Lo profundo, no tanto.
Hace reír a los demás con facilidad. Aligera el ambiente. Pero tú te das cuenta de que también observa. Que escucha cuando alguien cambia el tono de voz. Que presta atención a detalles mínimos. Sabes que eso no es casualidad. Sabes que viene de haber sido ignorada alguna vez.
Y entonces entiendes algo importante.
Ella no es difícil. Es delicada.
Es dura consigo misma. Se exige más de lo que debería. Nunca siente que es suficiente. Y aunque parece fuerte, también necesita llorar de vez en cuando. Necesita un abrazo que no le pida explicaciones. Necesita que alguien le diga que puede descansar.
No es común.
Y cuanto más la conoces, más claro lo tienes: esa mezcla de contradicciones —fuerza y ternura, fiesta y silencio, ironía y cursilería— es lo que la hace especial.
Pero hay algo más que debes entender si decides acercarte.
Ella necesita paciencia.
No soporta que la presionen al principio. No tolera que la asfixien con expectativas antes de tiempo. Si siente que la empujan, huirá. No porque no le importes, sino porque aprendió que la prisa suele esconder control. Si quieres quedarte, tendrás que caminar a su ritmo. Tendrás que darle espacio sin desaparecer. Presencia sin invasión. Interés sin presión.
Imagínate que te sientas frente a ella una tarde cualquiera. Que escuchas su risa otra vez. Que descubres, poco a poco, que detrás de la aparente frialdad hay un corazón que siente demasiado. Y que mientras más la conoces, más claro tienes que no es nada de lo que esperabas. Y justo por eso… no puedes dejar de mirarla. Porque la historia, aunque todavía no tenga nombre, ya empezó a moverse. Y tú apenas estás entendiendo que, si decides quedarte, no será una historia ligera.
Será una que valga la pena aprender a cuidar.













