He estado pensando en la cantidad de veces que perdoné a gente que no lo merecía. Y no fue un perdón noble, ni espiritual, ni admirable. Fue un perdón estúpido. Repetido. Insistente. Como si por insistir lo suficiente fueran a convertirse en personas decentes.
Perdoné traiciones claras. Perdoné mentiras evidentes. Perdoné faltas de respeto disfrazadas de “malentendidos”. Y lo peor no fue lo que hicieron. Lo peor fue cómo me miraban después. Con esa mezcla de culpa mínima y comodidad absoluta. Como si supieran que yo iba a entender. Como si supieran que yo iba a quedarme.
Porque siempre me quedaba.
Me quedé cuando me hablaron con desprecio.
Me quedé cuando eligieron a otros por encima de mí.
Me quedé cuando su lealtad tenía condiciones y la mía no.
Y ahora que lo pienso, lo que más rabia me da no es que me hayan fallado. Es que lo hicieron sin miedo a perderme. Con la tranquilidad de quien sabe que la puerta seguirá abierta.
Me duele admitirlo, pero muchas veces no me rompieron ellos. Me rompí yo al justificar lo injustificable. Al inventarles profundidad donde solo había egoísmo. Al atribuirles heridas internas para explicar su falta de carácter. Como si la ausencia de inteligencia emocional fuera un rasgo adorable y no una carencia peligrosa.
Estoy harta de esa gente cobarde. Cobarde porque no tuvo el valor de decir la verdad. Cobarde porque prefirió mentir antes que asumir consecuencias. Cobarde porque exigía comprensión mientras ofrecía migajas.
Estoy harta de quienes esperan lealtad como si fuera un derecho automático, pero la ofrecen solo cuando les conviene. Harta de quienes hablan de respeto mientras te traicionan en silencio. Harta de quienes te usan como refugio cuando están solos, pero desaparecen cuando ya no te necesitan.
Y sí, hay enojo.
Un enojo limpio. Claro. Justificado.
Porque he sido paciente. He sido empática. He sido comprensiva hasta el punto de traicionarme. Y ahora que miro hacia atrás, lo que siento no es tristeza. Es furia por haber tolerado tanto.
Hoy corrí a los brazos de las personas que siempre me sostienen. Y al sentir ese abrazo sin doble intención, sin agenda escondida, entendí algo que me atravesó como verdad brutal: mis reales nunca me hicieron dudar de mi valor.
Nunca me hicieron sentir exagerada por sentir.
Nunca me hicieron cuestionar mi memoria.
Nunca me hicieron competir por un lugar que ya era mío.
Y las personas que me hicieron daño… lo volverán a hacer si les doy la oportunidad. No porque cambien. Sino porque no tienen la estructura moral para ser distintos.
Algunas personas no fallan por accidente. Fallan porque así son. Porque su comodidad está por encima de tu dignidad. Porque su necesidad de validación pesa más que tu bienestar. Porque no saben amar sin manipular.
Y estoy cansada de ser el terreno donde otros vienen a practicar su inmadurez.
Voy a cerrar las puertas.
No como amenaza. No como impulso. Como decisión.
Se acabó la comprensión infinita. Se acabaron las oportunidades repetidas. Se acabó el beneficio de la duda cuando la evidencia ya gritaba.
No voy a volver a tolerar que me hablen con falta de respeto y luego me pidan paciencia. No voy a volver a aceptar promesas vacías de gente que no sabe sostener ni su propia palabra. No voy a seguir premiando con mi presencia a quienes me demostraron que no saben cuidarla.
No es que me haya vuelto fría. Es que aprendí.
Aprendí que perdonar no significa reabrir la puerta. Aprendí que entender no obliga a quedarme. Aprendí que alguien puede tener traumas, heridas, miedos… y aun así ser responsable del daño que causa.
Estoy harta de decepcionarme por querer creer lo mejor.
Y siendo completamente sincera, no pretendo volver a hacerlo.
Porque si algo me identifica es que prefiero ver el mundo arder conmigo dentro que decepcionarme a mí misma otra vez.
Prefiero la soledad limpia que la compañía que contamina. Prefiero la incomodidad de un cierre definitivo que la humillación silenciosa de seguir aceptando menos. Prefiero ser la que se va con dignidad que la que se queda esperando un cambio que nunca llega.
Esta vez no voy a suavizar lo que siento para que otros no se incomoden.
No voy a justificar lo que me lastimó.
No voy a minimizar mi enojo para parecer madura.
Mi enojo es la prueba de que entendí. Que prefiero que te quedes con versiones mías creadas por mentiras externas y olvides todas las veces que fui sincera y di explicaciones de más.
Y esta vez, elijo no volver a fallarme a mí, cumplir que ya no existes para mí y que siempre debió ser así: no debí conocerte.













