by Lauren A. Altamira
Elegir estar sola cuando tienes toneladas de amor para dar es como tener Netflix, Disney+, Prime y HBO… y aun así pasar 40 minutos diciendo “no hay nada que ver”. No es que no haya opciones, es que ya viste el tráiler emocional y sabes que esa serie se cancela en la segunda temporada.
Porque claro, promesas he escuchado. PROMESAS.
Promesas que suenan más épicas que el discurso final de Los Juegos del Hambre. Promesas tipo “yo sí me quedo”, “yo no tengo miedo”, “contigo es distinto”. Y luego resulta que sí tienen miedo, sí corren y sí desaparecen más rápido que el papá de Coraline cruzando la puertita.
Y siempre existe esa persona.
La que te mueve algo. La que te hace decir “ok, maldita sea”. Pero es tan complicada como el lore de Jujutsu Kaisen. Hay conexión, hay momentos increíbles, hay miradas intensas… pero nadie entiende qué está pasando, todos están emocionalmente heridos y cada episodio deja más preguntas que respuestas. Tú solo querías amor, no estudiar maldiciones ancestrales.
Intentar algo ahí sería como entrar a Attack on Titan pensando que es una historia tranquila de crecimiento personal. NO. Hay traumas, giros violentos y decisiones que te hacen gritarle a la pantalla: “¿PERO POR QUÉ HACES ESO?”.
Y mientras tanto, la gente te dice:
—“Eres increíble.”
—“Me caes demasiado bien.”
—“Tienes sentimientos hermosos.”
Lo dicen con la misma energía con la que alguien dice “este libro es buenísimo” y jamás pasa de la página 30. Halago sin compromiso. Aplauso de pie… y salida de emergencia.
Lo más gracioso es que tú no eres difícil.
Eres como El viaje de Chihiro: profunda, rara, mágica, con momentos incómodos y criaturas emocionales extrañas. No es para cualquiera, pero el que se queda, SE QUEDA. El problema es que hoy todos quieren películas cortitas tipo TikTok emocional, no una historia que los cambie.
Tú amas libros, anime, historias largas, personajes complejos… y personas reales. Y eso ya es sospechoso. Porque cuando alguien se da cuenta de que no amas “a medias”, entran en pánico. Empiezan a correr como Jack Skellington cuando descubre la Navidad: fascinados… pero incapaces de sostenerlo.
La ironía es que si alguien se diera el tiempo de conocerte sin entrar en modo huida, descubriría que eres divertida, leal, cálida y ridículamente cariñosa. Que haces analogías estúpidas, te emocionas hablando de libros, lloras con finales ficticios y amas con todo el cuerpo. Pero eso implica quedarse. Y quedarse hoy es más raro que un final feliz bien escrito.
Mientras tanto, tú escribes tu libro. Sí, TU LIBRO.
Ese donde todo tiene sentido, donde los personajes no huyen a la primera emoción fuerte y donde el amor no da miedo. Y lo haces con café, con música, con referencias que nadie pidió y con la tranquilidad de saber que al menos en tus historias… la gente sí se queda.
Y claro que a veces te preguntas si estás exagerando.
Luego recuerdas que exagerar sería conformarte. Y eso sí que no. Tú no eres de llenar vacíos con cualquiera que te diga “hola”. Tú no te enamoras porque sí. Tú conectas. Y eso tarda. Y eso asusta. Y eso vale la pena.
Así que aquí estás:
sola, tranquila, riéndote de tus propios chistes, haciendo referencias de Harry Potter en conversaciones serias (“esto ya se siente como cuando Voldemort regresó y nadie quería aceptarlo”), viviendo tu vida como protagonista.
Y si alguien llega… que llegue bien.
Que no huya.
Que no se asuste.
Que no trate tu corazón como episodio de relleno.
Y si no, tampoco pasa nada.
Porque honestamente, estar sola contigo… también está bastante divertido.














