Por Nathalia Altamira
Nunca me había detenido a pensarlo con esta claridad brutal, con esta honestidad que no se puede maquillar. Nunca me había dado cuenta de que tú, en tu vida, sí has sabido existir sin mí, mientras que yo no he vivido ni un solo día sin ti. No como una presencia lejana, no como un recuerdo bonito, sino como un hilo constante que atraviesa todo lo que soy. Si soy sincera —y hoy quiero serlo sin reservas— no sé qué sería de mi vida sin ti. No logro imaginarlo sin sentir un vértigo inmediato, una especie de vacío que no quiero explorar demasiado porque me duele antes siquiera de pensarlo completo.
Has sido tantas cosas para mí que a veces me pregunto cómo cabe tanto amor en una sola persona. Has sido mi compañía cuando el mundo parecía demasiado grande, mi consejera cuando mi mente se volvía un laberinto sin salida, mi amiga cuando no quería explicaciones ni juicios, mi madre cuando necesitaba contención, y mi hermanita pequeña cuando me tocaba a mí cuidar, proteger, sostener. Pero, por encima de todo, has sido mi hermana mayor. Y no solo por el lugar que ocupas en el orden de la vida, sino por la manera en que me has enseñado a vivirla.
No puedo estar más agradecida —en este planeta, en esta existencia, en este universo inmenso y a veces indiferente— por tenerte. De verdad lo digo sin exagerar, sin poesía innecesaria: tenerte ha sido una forma de salvación silenciosa. Has hecho que cada día sea menos doloroso, incluso cuando el dolor parecía inevitable. Has hecho que cada día tenga al menos una sonrisa, aunque fuera pequeña, aunque fuera cansada. Has logrado que me sienta amada, suficiente, válida. Me has recordado, una y otra vez, que soy merecedora de amor incluso cuando yo misma lo olvidaba.
Hay personas buenas en este mundo, personas amables, personas correctas. Pero tú tienes algo distinto. Eres, sin duda, la persona más sincera, más noble y más cariñosa que he conocido. No desde una perfección irreal, sino desde una humanidad hermosa. Claro que no somos perfectas, nadie lo es. Claro que discutimos, que peleamos de vez en cuando, casi siempre por cosas pequeñas, por tonterías que vistas desde lejos no tendrían peso alguno. Pero justo ahí, en esas discusiones mínimas, está una de mis certezas más grandes: siempre hablamos. Siempre enfrentamos lo incómodo. Siempre elegimos no dejar que el silencio se pudra entre nosotras.
Eso me da una tranquilidad inmensa. Saber que no vamos a convertirnos en esas familias que dejan de hablarse por cosas materiales, por orgullo, por heridas mal cerradas o por banalidades que no valen una vida compartida. Saber que, incluso en el desacuerdo, elegimos el vínculo. Que no huimos. Que no nos soltamos.
Estoy profundamente orgullosa de la persona en la que te has convertido. Y lo digo con un nudo en la garganta, porque sé que muchas veces no te lo digo lo suficiente, o no te lo digo como debería. Eres una persona llena de sueños, pero no de esos que se quedan flotando en el aire, sino de los que empujan, de los que incomodan, de los que exigen valentía. Sigues tus metas incluso cuando dan miedo. Luchas por sobresalir incluso cuando el camino es injusto. Peleas por obtener lo que quieres, no desde la ambición vacía, sino desde el deseo genuino de construir una vida que te haga sentir plena.
Amas de una manera absolutamente cursi, abierta, sin vergüenza. Y lejos de parecerme exagerado, me parece algo maravilloso. Me encanta verte amar así, con el corazón por delante, sin escudos innecesarios. Porque cuando te veo feliz, cuando te veo amar y ser amada, algo en mí se acomoda. Me hace feliz verte feliz. De una forma profunda, casi biológica. Como si tu alegría fuera también una extensión de la mía.
Has superado tantos obstáculos en tu vida que a veces me asombra cómo sigues de pie. Cada uno distinto, cada uno difícil a su manera. Algunos visibles, otros silenciosos. Algunos que el mundo reconocería como grandes, otros que solo tú sabes lo que te costaron. Y aun así, incluso cargando con todo eso, estuviste para mí cuando yo me rompí.
Estuviste cuando me caí en pedazos. Cuando no podía respirar. Cuando sentía que mi vida se había acabado solo porque una persona decidió no elegirme. En ese momento, cuando yo me sentía pequeña, descartable, insuficiente, tú me miraste como nadie más pudo hacerlo. Me hiciste sentir que yo merecía ser elegida. Más aún: me hiciste entender que ni siquiera tenía que ser elegida, que yo debía ser una decisión real, firme, consciente. Que el amor no se mendiga, no se negocia, no se persigue desde la carencia.
Eso no se olvida. Eso se queda tatuado en el alma.
Tú has sido el lugar donde mi dolor pudo descansar sin ser juzgado. El espacio seguro donde pude llorar sin tener que explicarme. La voz que me recordó quién soy cuando yo solo veía lo que había perdido. Y por eso, por todo eso y más, quiero decirte algo que a veces se queda atorado entre la rutina y los días: tú mereces todo el amor que ofreces.
Mereces que esa sonrisa tan tuya —esa sonrisa con la que se te cierran los ojos, como si el mundo se detuviera un segundo— sea completamente recíproca. Mereces toda la felicidad del mundo. Y si yo la tuviera en las manos, si pudiera envolverla y dártela, lo haría sin dudarlo. Porque pocas personas aman como tú amas. Pocas personas sostienen como tú sostienes.
No quiero vivir en un mundo sin ti. Y no lo digo desde el dramatismo, sino desde la verdad más cruda. Si tú no estuvieras en este mundo, preferiría mil veces borrarme la memoria antes que recordar que estuviste conmigo y que luego ya no estás. Porque tu ausencia sería una herida imposible de cerrar. Porque hay vínculos que no se reemplazan, que no se resignifican, que simplemente son.
Tú y yo somos completamente diferentes. Pensamos distinto, reaccionamos distinto, vemos la vida desde ángulos opuestos muchas veces. Pero somos absolutamente complementarias. Donde a mí me falta, tú sostienes. Donde tú dudas, yo empujo. Donde una cae, la otra levanta. Y en ese equilibrio imperfecto, hemos construido algo que va más allá de la sangre: una hermandad elegida todos los días.
Te amo, hermana.
Y no de una forma simple, ni ligera, ni circunstancial.
Te amo con la conciencia de que mi vida es más amable porque estás en ella.
Te amo con la certeza de que, pase lo que pase, siempre serás hogar.













